Revolución de Mayo: El grito de libertad que hoy nos impone respetarlo
Hay mañanas en las que la llovizna no enfría el cuerpo, sino que enciende el alma. Aquel 25 de mayo de 1810, la Plaza Mayor no era solo un testigo de piedra; era el vientre donde nacía una identidad. Frente al Cabildo, un pueblo maduro y consciente de su hora histórica decidió que el destino de sus familias, de sus bienes y de sus costas ya no podía decidirse al otro lado del océano.
La Junta de Sevilla pretendía gobernar el Río de la Plata mientras las fuerzas napoleónicas dominaban España. Con el rey Fernando VII cautivo y privado de su legítimo trono, aquella Junta peninsular pretendía ejercer un tutelaje ilegítimo sobre los reinos de América. Pero los hijos de esta tierra sabían que su lealtad era hacia la Corona, no hacia los burócratas de Sevilla.
En un acto de profunda responsabilidad institucional y fidelidad al rey, el Cabildo Abierto desplazó al virrey Cisneros para constituir un gobierno propio. No fue un acto de rebeldía ciega, sino un ejercicio de autonomía legítima: si el rey no podía gobernar, el poder volvía a los pueblos de América para proteger su suelo y asegurar la paz de sus hogares.
Este paso fundacional se dio con el pecho lleno de fervor y los ojos puestos en el Cielo. El nacimiento de la Primera Junta se forjó bajo el amparo de los valores cristianos heredados de Isabel, la gran fundadora de la Hispanidad, quien siglos antes había trazado el mandato ético de llevar la evangelización a cada rincón de este continente. Fue esa misma fe y esa concepción providencial de la justicia las que guiaron a los patriotas reunidos en el Cabildo (frailes, militares y civiles) a ponerse en manos de Dios para proteger la dignidad humana, la vida y los valores fundacionales de la Argentina.

Años más tarde, la historia tomaría un rumbo inesperado. Al recuperar el trono, el rey Fernando VII no logró comprender la profunda lealtad de sus “españoles de América” y decidió atacarlos con las armas. Ante la incomprensión del monarca y la necesidad de defender el suelo sagrado, aquellos mismos hombres decidieron romper definitivamente los lazos coloniales para declarar, seis años después, la Independencia absoluta en Tucumán.
Hoy, en una Argentina que nos ocupa, nos duele y nos preocupa, el eco de mayo de 1810 resuena con más fuerza que nunca. Aquellos hombres, como el entrañable Manuel Belgrano —que postergó su salud, su fortuna y sus bienes por el servicio a la causa común—, nos dejaron un legado que supera las páginas de los libros.
Forjaron lo que hoy somos, y nos enseñaron que una nación se construye con renunciamientos personales, con honestidad inquebrantable y con el coraje de asumir el propio destino.
Que este Día de la Patria no sea un simple recuerdo, sino el rezo colectivo y el compromiso firme de cuidar, con la misma fe de los fundadores, el sagrado suelo argentino.

Facsímili de la proclama del 26 de Mayo
