Indio Solari: la misa ricotera, los millones y la creación del mito
La muerte de Carlos Alberto “El Indio” Solari clausura el capítulo más pasional y contradictorio de la historia del rock de masas en América Latina. Con su partida, no solo se apaga la voz que comandó las mayores movilizaciones juveniles de Argentina, sino que se consolida un enigma de la sociología local: ¿cómo hizo un artista para convertirse en el profeta de los desposeídos mientras acumulaba una de las fortunas más herméticas del continente?
Sus inicios
El Indio era hijo de una clásica familia de clase media argentina. Su padre, José, empleado de Correos y su madre Celina, ama de casa. Lo bautizaron en Paraná, Entre Ríos, donde nació hace 77 años. A los pocos años se mudaron a La Plata, donde abandonó la fé, identificándose como agnóstico.
Su adolescencia, rebelde, estuvo marcada por su indisciplina y expulsiones de establecimientos educativos. Allí conoció a parte de la banda que luego serían Los Redonditos de Ricota. Intentó estudiar pintura en la UNLP, pero por su rebeldía fue expulsado al año. Paradójicamente, la UBA le concedió hace poco tiempo el título de Doctor Honoris Causa “por su poética e impacto en el pensamiento crítico” (SIC).

En 1976 fundó “Patricio Rey y sus redonditos de Ricota” junto al guitarrista Bellinson. Y comenzaron a editar sus propios discos, rechazando publicidad y disqueras. En el 88 se casó con Virgina Mones Ruiz, con quien tuvo su único hijo Bruno, hoy de 26 años.
En 2001, por conflictos internos se disolvió los Redonditos. Allí comenzó su etapa solista, y en 2016 informó a sus fans que padecía Mal de Parkinson. Sus últimos años se recluyó en su mansión de Parque Leloir.
La marca de la autogestión: ¿ética o corporación unipersonal?
El mito ricotero se cimentó sobre una palabra sagrada: la autogestión. El rechazo sistemático a las multinacionales discográficas y a los canales de televisión comerciales fue leído durante décadas como un acto heroico de resistencia cultural (¿). Sin embargo, el tiempo demostró que la independencia no era sinónimo de marginalidad económica, sino la optimización perfecta del negocio.
Al prescindir de intermediarios, Solari, junto a su círculo íntimo, montó una maquinaria financiera imbatible. Cada entrada vendida, cada disco editado y cada porcentaje de merchandising ingresaba de forma directa a las arcas de una estructura privada que operaba con el rigor de cualquier multinacional, pero bajo el amparo romántico del “hazlo tú mismo“. El Indio no venció al sistema; construyó un sistema propio, infinitamente más rentable.
El púlpito de izquierda y el confort del capital
Aunque el Indio no era creyente, curiosamente el misticismo impregnó toda su obra: las letras de sus canciones están plagadas de metáforas bíblicas, religiosas y existenciales. Además, sus propios seguidores rebautizaron sus masivos conciertos bajo el nombre de “las misas ricoteras”, convirtiendo su música en una experiencia de fervor casi religioso, que duraban días.

“Luzbelito”, 8vo álbum, de 1996, centrado en un personaje ficticio hijo del demonio, que analiza la sociedad.
Ciertamente, sus letras también estaban plagadas de metáforas crípticas sobre la marginalidad, los desclasados y el asco hacia el poder burgués, pero contrastaban ferozmente con su realidad como vecino ilustre del exclusivo Parque Leloir, una paradoja, sin dudas.
Desde su mansión blindada, equipada con un estudio de grabación de nivel internacional (Luzbola) y rodeada de perros ovejeros alemanes para custodiar su privacidad, el músico emitía diagnósticos políticos de matriz peronista y de izquierda. Solari manifestó su simpatía con los Kirchner, y también defendía la redistribución de la riqueza, desde la comodidad que otorga un patrimonio neto estimado por la revista Forbes en más de 20 millones de dólares.

Foto de Cristina Kirchner con Indio Solari y su pareja Virgina Mones Ruiz
Ante la crítica por esta evidente contradicción, su respuesta solía ser retórico: “La derecha me acusa porque soy un millonario de izquierda”. Una frase efectista que, si bien conformaba a su feligresía, esquivaba el debate de fondo sobre la responsabilidad ética del artista popular.
De hecho, Solari no creó una fundación o hizo donaciones a ONG, en cambio, sus fans, en las ciudades donde el Indio organizaba sus shows, llevaban a cabo campañas de recolección de alimentos, abrigo y útiles escolares para los sectores más necesitados de la zona.
De la “Misa” al colapso: Olavarría como síntoma
Pero el punto de quiebre definitivo de este modelo de negocios musical camuflado de liturgia ocurrió en marzo de 2017, en la ciudad de Olavarría. Aquella noche, donde el afán recaudatorio y la negligencia organizativa confluyeron en un predio desbordado por más de 300.000 personas, murieron dos fanáticos.

Instantánea de la “misa ricotera” mortal de Olavarría, con 300.000 personas, sin ningún control profesional
La reacción del ídolo expuso la peor cara del individualismo corporativo: un comunicado frío en redes sociales deslindando responsabilidades y un posterior retiro definitivo de los escenarios para recluirse en su casona de Parque Leloir.
Mientras sus seguidores enfrentaban las secuelas del desastre en una terminal de ómnibus colapsada, el músico regresaba en un vuelo privado. El idilio se rompió para muchos; la “misa” se había convertido en una trampa de mercado con víctimas mortales.

El Indio solía vacacionar con su familia en USA, donde poseía un departamento propio en Manhattan. Según explicó el músico en varias entrevistas, Nueva York era “el único lugar del mundo” donde podía caminar o hacer compras con total libertad. Otra coincidencia con la familia Kirchner.
El veredicto de la historia
El Indio Solari se va de este mundo con un estatus indiscutible de leyenda musical, hoy exacerbada por los medios, que tienen en su fallecimiento material fresco para la pauta televisiva.
Su capacidad para encapsular el dolor, la rabia y las esperanzas de las clases populares argentinas no tiene parangón. Pero la historia, desprovista del fanatismo ciego de las banderas, también lo recordará como el estratega perfecto: un hombre que logró que millones de fanáticos financiaran su exilio dorado, comprando una entrada para un paraíso rebelde que solo existía en sus canciones.

Hoy la sociedad argentina entera, que desconocía mayoritariamente al Indio Solari, y sólo escuchó alguna de sus canciones en la radio, asiste asombrada a la construcción de un mito por los mismos medios que el artista despreció.
Que en paz descanse.
