Ortega decidió que ya no habrá más elecciones en Nicaragua. Y su mujer es “copresidenta”
“Aquí no volverá a haber elecciones”
No es una exageración ni una interpretación. Lo dijo el propio Daniel Ortega. En un discurso pronunciado durante el acto por el 47.º aniversario de la Revolución Sandinista, el mandatario nicaragüense aseguró que en su país no volverán a realizarse elecciones que permitan a la oposición acceder al poder.
“Que se olviden, aquí no volverán a haber elecciones para que intenten atrapar el gobierno y atrapar el poder”, afirmó desde Managua, dejando en claro que el sistema electoral ya no forma parte del futuro político que imagina para Nicaragua.
La declaración se suma a una profunda reforma constitucional aprobada hace más de un año, que extendió el mandato presidencial de cinco a seis años y consolidó un esquema institucional donde su esposa, Rosario Murillo, fue oficializada como “copresidenta”, una figura inédita que profundiza el carácter familiar del poder.
La reacción internacional… y los silencios
Hasta el momento, la condena más contundente llegó desde Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que las palabras de Ortega “muestran su verdadera naturaleza autoritaria” y sostuvo que el pueblo nicaragüense “tiene derecho a elegir a sus propios líderes mediante elecciones democráticas”.
Rubio también aseguró que Ortega y Murillo “han abandonado incluso la apariencia de contar con el consentimiento popular” y convocó a la comunidad internacional a ejercer mayor presión diplomática sobre el régimen.
En contraste, varios gobiernos latinoamericanos evitaron pronunciarse. Luiz Inácio Lula da Silva no emitió una opinión, aunque la relación entre ambos presidentes permanece completamente quebrada desde 2024, cuando Ortega lo insultó públicamente de “arrastrado” por reclamar transparencia en las elecciones venezolanas.
Tampoco la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum expresó una posición pública respecto del anuncio de eliminar definitivamente las elecciones ni sobre la consolidación de Rosario Murillo como copresidenta.
La izquierda frente a su propio espejo
El silencio también alcanza al kirchnerismo y a los principales partidos de izquierda argentinos, que no han formulado condenas públicas frente a una decisión que elimina, en los hechos, el principal mecanismo de participación democrática de un pueblo.
Resulta llamativo que sectores que suelen levantar con fuerza las banderas de los derechos humanos permanezcan en silencio cuando esas libertades son restringidas por gobiernos ideológicamente cercanos. O no.
La democracia parece haber dejado de ser un valor en sí mismo para convertirse, en algunos casos, apenas en un camino para llegar al poder. Una vez alcanzado, la alternancia deja de ser una posibilidad y pasa a convertirse en una amenaza.
Los que ya no podrán opinar. Ni decidir
Más allá de los discursos diplomáticos, de las simpatías ideológicas o de los silencios convenientes, los que tampoco podrán opinar son los ciudadanos nicaragüenses.
Porque mientras el mundo debate qué decir, ellos ya escucharon la noticia más importante: según lo anunció su propio presidente, no volverán a elegir en las urnas quién gobernará su país.
Y cuando un pueblo pierde el derecho a votar libremente, deja de perder solamente una elección. Comienza a perder una de las libertades fundamentales sobre las que se sostiene una sociedad.
