Educar a nuestros hijos en la verdadera solidaridad exige superar la pantalla, ejercitar el ejemplo en casa y cambiar la lástima por una empatía real
Nuestros hijos han nacido dentro de un mundo de extensas redes sociales. Una noticia cruza el planeta en segundos, el dolor de una familia aparece en una pantalla y una tragedia lejana se vuelve imagen, comentario o tendencia. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, quizá nunca había sido tan fácil dejar de ser sensibles y empáticos.
Más allá de la hiperconexión

La encíclica Magnífica Humanitas habla de una “solidaridad de hecho”: nuestras vidas ya están entrelazadas por la economía, la tecnología, la cultura y las comunicaciones. Lo que ocurre en un lugar termina afectando a muchos otros.
Pero esa inevitable cercanía, todavía no es una verdadera solidaridad. Para que lo sea, debe convertirse en una decisión consciente: reconocer que no somos simples espectadores de la vida ajena, sino personas ligadas unas con otras. Esto es enseñar a nuestros hijos la verdadera solidaridad
Esta enseñanza es especialmente urgente para nuestros hijos. La pantalla puede acercar caras y, al mismo tiempo, levantar un muro invisible. Vemos al otro, pero no escuchamos su respiración; leemos su historia, pero no sentimos su tristeza; reaccionamos con una cierta indiferencia y seguimos adelante.
Aprender a ver con el corazón
Por eso, educar en la solidaridad significa enseñar a mirar de nuevo. Mirar sin prisa y con sensibilidad. Notar al compañero que está solo, al amigo que necesita ser escuchado, al familiar que está agotado, al vecino que atraviesa una dificultad. La empatía comienza cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos y hacemos un espacio interior para preguntarnos qué pueden estar sintiendo los demás.
Nuestros hijos no aprenderán esto mediante largos sermones, sino observando cómo vivimos. Aprenderán la sensibilidad cuando nos vean escuchar sin interrumpir, tratar con respeto a quien nos sirve, acercarnos al enfermo, detenernos ante quien necesita ayuda y evitar la burla contra quien es diferente. La solidaridad se aprende en esos pequeños detalles que parecen gotas, pero que lentamente formarán un río.
La familia la primera escuela de empatía
También se cultiva dentro del hogar. Cuando un hijo aprende a reconocer el cansancio de su madre, la preocupación de su padre o la tristeza silenciosa de una hermana, comienza a salir de sí mismo. La familia puede ser la primera escuela de la empatía solidaria, ese lugar donde descubrimos que amar no consiste solamente en recibir cuidados, sino también en aprender a cuidar.
Es necesario explicarles que ser solidario no es sentir lástima. La lástima se observa desde arriba; la empatía se coloca al lado. La verdadera solidaridad no reduce al otro a su necesidad, sino que reconoce su dignidad. No pregunta solamente: “¿Qué puedo darle?”, sino también: “¿Qué puedo comprender?”, “¿cómo puedo acompañarlo?”, “¿en qué parte de sus problemas puedo ayudar a resolverlo?”.
El valor del bien, sin espectáculo

Vivimos en una época que premia la exhibición. A veces parece más importante mostrar una buena acción que realizarla en silencio. Por eso conviene enseñar a nuestros hijos que la bondad no necesita un escenario. Hay actos de amor que no se publican, abrazos que no se fotografían y ayudas que no buscan reconocimiento. Allí, precisamente, la solidaridad recupera su pureza.
Ser sensibles con los demás no significa vivir abrumados por todo el dolor del mundo. Significa no tener un corazón frío. No podemos resolver cada problema, pero siempre podemos evitar la indiferencia. Podemos escuchar, incluir, consolar, compartir, defender y acompañar. Especialmente a los más débiles, a los que son más vulnerables, a los torpes y marginados. En fin, es estar atentos a los que nos pueden necesitar.
El ejemplo de los padres
Transmitimos lo importante dz<e ser sensibles con las grandes causas de nuestro tiempo, como el cuidado del planeta o no discriminar a los inmigrantes y descalificar a los extranjeros. Son tiempos de vivir la caridad con sensibilidad y empatía y somos los papás los que la enseñamos primero con el ejemplo.
Autor: Guillermo Dellamary
Fuente: Aleteia
