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Home/Política/Gobernadora “católica” de Nueva York legaliza el suicidio asistido: un debate que interpela a los creyentes y llega hasta Argentina
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Gobernadora “católica” de Nueva York legaliza el suicidio asistido: un debate que interpela a los creyentes y llega hasta Argentina

By El Cristiano
21/08/2026 6 Min Read
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El Estado de Nueva York puso en vigencia este mes de agosto la denominada “Ley de Asistencia Médica para Morir” (eutanasia), que habilita el suicidio asistido bajo determinadas condiciones. La decisión, impulsada y firmada por la gobernadora Kathy Hochul, actualiza no sólo el desprecio actual por el valor de la vida y los límites de la autonomía individual en Occidente, sino sobre el reblandecimiento de la moral social y los valores que lo constituyeron por más de 2000 años.

Un tema que no es menor y sí, supera a la condición de los políticos en sus creencias religiosas, las tengan o no.

El caso del Estado de Nueva York

Para los católicos, el hecho adquiere además una dimensión particular. Hochul se ha identificado públicamente como católica y ha defendido su decisión apelando, entre otros argumentos a la compasión. Pero la doctrina de la Iglesia sostiene una posición clara: la vida humana no es una propiedad de la que los individuos (o sus parientes) pueden disponer, y su dignidad como personas debe ser respetada y protegida, incluso en momentos de enfermedad; ni el Estado disponer su muerte, a petición.

Por cientos de años la medicina salvaba vidas. Curaba, cuidaba y protegía la vida humana. Desde Hipócrates para aquí. Hoy, ese juramento es violentado por leyes inicuas que se trasvisten de piadosas, incluso defendiendo derechos inexistentes. Y obligando a profesionales de la medicina, capacitados para cuidar la vida, a quitarla.

El “efecto cascada”

Nueva York no es un Estado más dentro de los Estados Unidos. Su peso político, económico y cultural convierte sus decisiones legislativas en referencias para otros gobiernos, incluso fuera de los EEUU.

Argentina, de hecho, está hoy bajo presión mediante la maquinaria mediática para sumarla al “Club de la Eutanasia” mediante proyectos presentados por varios legisladores y políticos, algunos que, también, se dicen católicos.

Por eso, la aprobación de esta norma genera preocupación entre quienes temen un posible “efecto cascada”, mediante el cual adoptan y argumentan esos casos. Cabe señalar que ese “club” del suicidio lo integran sólo 12 países del mundo, sobre más de 180 que lo consideran un crimen.

Pero el debate no se limita a permitir que una persona solicite el suicidio asistido. También involucra la libertad de conciencia de médicos, enfermeros e instituciones que consideran que colaborar con esa práctica sería incompatible con sus principios morales o religiosos. Ya lo vimos con el aborto.

El argumento de la “muerte misericordiosa”

Kathy Hochul defendió públicamente su apoyo a la ley apelando a la idea católica de compasión. En un artículo publicado antes de convertirse en ley, explicó que su postura estaba vinculada con la convicción de que el gobierno no debería interferir en decisiones profundamente personales. ¡Pero interviene! Con una ley que permite que esa persona pueda suicidarse, incluso brindándole las herramientas para ello. Luego, como ya vimos en otros países, permitiendo que familiares decidan su muerte. Y después, como hace poco se permitió, incluso matar a un niño, con las mismas justificaciones.

El modelo es el de la Ventana de Oberton, y se lo aplicó también para las leyes “de género” y la ley de aborto. Primero compadeciéndose, luego permitiéndolo legalmente y al final normalizando moralmente todo tipo de causas.

La real misericordia cristiana

Pero precisamente aquí aparece la principal diferencia entre esa concepción y la doctrina católica.

La compasión cristiana consiste en acompañar al que sufre, aliviar su dolor y sostenerlo en su fragilidad; no en provocar o facilitar su muerte.

El enfermo terminal necesita cuidados paliativos, cercanía humana, asistencia psicológica y espiritual y la certeza de que su vida conserva valor hasta su último instante.

Lo que enseña la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica es explícito respecto de la vida humana.

En el número 2280 recuerda que cada persona es responsable de su vida ante Dios y que el ser humano es administrador, no propietario, de la vida que ha recibido. Asimismo, el número 2281 señala que el suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar su vida y afecta también los vínculos de solidaridad con la familia y la sociedad.

Desde esta perspectiva, no se trata solamente de una cuestión religiosa. La defensa de la vida está vinculada con una idea fundamental de la dignidad humana: el valor de una persona no depende de su salud, su productividad, su edad ni de la cantidad de sufrimiento que atraviesa.

Una sociedad verdaderamente compasiva no debería preguntarse qué vidas merecen ser vividas, sino cómo acompañar a quienes atraviesan situaciones de mayor vulnerabilidad.

El debate que también llega a Argentina

El caso de Nueva York adquiere especial importancia para la Argentina, donde distintos sectores políticos y mediáticos también impulsan la discusión sobre una eventual legislación relacionada con la eutanasia o el suicidio asistido.

En una sociedad de profundas raíces cristianas, introducir el debate de esta práctica es también un tema que confronta los valores occidentales de nuestra Nación. No se trata de la cantidad de personas que pudieren solicitarlo por angustia o soledad. Sino del reblandecimiento de la moral social que provoca.

Porque una sociedad que se desinteresa por el estado de los más débiles y les facilita la muerte como solución economicista (para la víctima …y para las arcas públicas, ojo), va perdiendo la tan mentada “misericordia” que alegan los autores de estas leyes.

Los políticos con doble standard moral

No resulta indiferente que dirigentes que se presentan públicamente como cristianos, entonces, adopten posteriormente decisiones legislativas contrarias a principios fundamentales de la fe que dicen profesar.

“No se puede servir a dos señores” nos enseña la Iglesia. Pero parece que hoy, sí.

No pocos políticos creyentes, como la gobernadora de Nueva York o los legisladores que votaron la ley, como otros que también lo hicieron en Argentina, demuestran un desprecio por los valores cristianos y límites morales, con una tibieza que aún a muchos asombra.

Porque atentar contra la vida de un niño por nacer con la ley de aborto, o de un enfermo con eutanasia es un acto intrínsecamente inmoral. El respeto a la vida y a la dignidad humana es un pecado. Provocar la muerte de un ser humano nunca será bueno.

Una responsabilidad también para la Iglesia

Esta cuestión plantea, finalmente, un desafío para la propia jerarquía eclesiástica.

Los fieles necesitan claridad. No alcanza con defender la vida únicamente desde los púlpitos si, al mismo tiempo, no se amonesta y condena firmemente a quienes son los artífices de los cientos de miles de muertes inocentes, por votarlo. O implementarlo. Mañana será la eutanasia y necesitamos pastores guíen y señalen a los lobos.

La Iglesia está llamada a enseñar, advertir y acompañar. También debe recordar que las decisiones de los políticos que elegimos tienen consecuencias morales y sociales.

Son pocos los sacerdotes ú obispos que niegan la Eucaristía a personas que han votado o ejecutan con ILE a niños por nacer; un pecado mortal. La excomunión es necesaria, no sólo para buscar la enmienda del pecador, sino, en estos casos, para recordar a la grey que promocionar, votar o ejecutar abortos o suicidios asistidos son pecados graves y afectan a toda la sociedad. La omisión también es un pecado…

Como en la Ventana de Overton, también en la Iglesia asistimos a un relajamiento de la fé, y normalizar estos hechos lleva luego al cuestionamiento de la Doctrina, incluso, y provoca la deserción de miles de fieles. Ejemplos sobran, como el sínodo alemán, por sólo citar uno.

La coherencia provida de los fieles

Pero no solo es necesario el protagonismo valiente de la jerarquía. La construcción de una sociedad sana exige que los laicos preserven los valores sociales y la ética cristiana que son los pilares sobre los que se construyó la Nación. Y se empieza votando con coherencia a esos valores.

Los fieles están llamados a aportar al bien común desde todos los espacios sociales, priorizando la ética católica a los beneficios políticos o personales. En la familia, en la parroquia, en el trabajo o la empresa (como nos enseñó el Siervo de Dios Enrique Shaw); o desde una ONG, un partido político; y más, desde la función pública.  

Sólo así podremos reconstruir la sociedad y tener mejores representantes, también en la política. Y aún remando contra medios periodísticos que imponen agendas extrañas, podremos evitar leyes como las que hoy, una católica (?), ha promulgado en Nueva York: la Eutanasia.

Porque detrás de estas leyes injustas, de los discursos y los eufemismos de los políticos con doble moral, existe una pregunta que ninguna sociedad, creyente o no, debería dejar de formularse: cuando alguien sufre, ¿nuestra respuesta será ayudarlo a morir o acompañarlo para que pueda vivir, con dignidad, hasta el final?

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AbortoArgentinaEutanasiaInternacionalesNew York
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