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La IA no necesita querer destruirnos

By El Cristiano
16/09/2026 7 Min Read
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Frente al avance de la inteligencia artificial solemos caer en dos trampas conceptuales. La primera es la tentación cinematográfica: imaginar artefactos autoconscientes conspiran para borrar a nuestra especie del mapa. La segunda consiste en un desdén complaciente: descartar cualquier advertencia aduciendo que, al carecer las máquinas de alma, conciencia o malicia intrínseca, todo peligro se reduce exclusivamente al uso que decida darle quien las opera.

Entre esa caricatura apocalíptica y la ingenuidad tecnófila existe una tercera vía, mucho más exigente: admitir los formidables beneficios de estas herramientas y, por esa misma razón, asumir con madurez el alcance del poder que estamos delegando en ellas.

La polémica desatada tras la renuncia de Jacob Coxon —investigador con trayectoria en OpenAI y Anthropic— reavivó esta tensión. Al marcharse, Coxon denunció una carrera corporativa desprovista de salvaguardas mínimas de seguridad e insinuó un riesgo existencial antes de que termine la década. (1) Como era de esperar, el eco mediático provocó reacciones escépticas inmediatas. La Gaceta (Tucumán) publico una crítica frontal a ese tratamiento sensacionalista bajo el título: “¿La IA nos va a matar a todos? La verdad detrás de la cortina de humo” firmado por Federico Lix Klett. (2)

El planteo de Lix Klett contiene señalamientos razonables sobre el negocio del pánico, pero termina encerrando el debate en un falso dilema: o suscribimos el colapso inminente o debemos calificar cualquier advertencia de exageración infantil. La realidad es bastante más inquietante: no hace falta invocar a Terminator para advertir que estamos cruzando umbrales que creíamos exclusivas de la ciencia ficción.

De la probeta al algoritmo

En 1932, cuando Aldous Huxley publicó Un mundo feliz, la idea de un Centro de Incubación y Acondicionamiento Central donde los embriones humanos eran producidos en serie, clasificados por castas y despojados de cualquier vínculo de maternidad y paternidad sonaba a una perturbadora exageración literaria. El concepto de la familia natural se convertía en esa novela en un anacronismo obsceno; el nacimiento biológico de una madre era considerado un residuo salvaje superado por la pulcritud industrial del Estado.

Casi un siglo después, la pesadilla de Huxley cobra vida. Las noticias más recientes confirman que el salto hacia la producción automatizada ya no es una hipótesis. Con el denominado proyecto «Aura» (3), la industria biotecnológica presenta lo que constituye el primer laboratorio de fecundación in vitro completamente automatizado. No se trata ya de la intervención quirúrgica tradicional de un biólogo o un médico que acompaña un proceso reproductivo. En sistemas como Aura, la intervención humana se retira para dar paso a brazos robóticos e Inteligencia Artificial que controlan la cadena completa: desde el encuentro físico entre el óvulo y el espermatozoide hasta la observación, monitorización y clasificación matemática de los embriones.

En términos crudos: una línea de código asume la potestad de decidir qué embrión recibe la oportunidad de vivir y cuáles terminan descartados, congelados indefinidamente o relegados a material de desecho e investigación.

Por eso llama la atención una noticia la presentación de AlphaGenome Atlas, presentado por Demis Hassabis y el equipo de Google DeepMind (4). El sistema representa un avance notable en la utilización de inteligencia artificial para comprender el genoma humano. AlphaGenome Atlas contiene predicciones para aproximadamente 9.000 millones de posibles cambios de una sola letra del ADN humano, reunidas en una base de datos de alrededor de un petabyte (5). Su objetivo es ayudar a comprender qué consecuencias biológicas podrían producir determinadas variantes genéticas, especialmente en regiones del ADN cuya función regulatoria ha sido difícil de interpretar. Esto puede contribuir a localizar variantes relevantes para enfermedades raras, cáncer y otros trastornos, y a orientar investigaciones que posteriormente deberán ser confirmadas mediante experimentación biológica.

La importancia de AlphaGenome no está en que haya aparecido una IA capaz de “diseñar seres humanos previamente acondicionados”, su importancia está en algo anterior: la inteligencia artificial está comenzando a convertirse en una herramienta para interpretar el lenguaje funcional del ADN y eso modifica radicalmente nuestra capacidad de intervenir sobre la biología. Cometeríamos una imprudencia imperdonable si ignoráramos la dirección de este avance. La inteligencia artificial decodifica la gramática funcional del ADN, luego la capacidad para intervenir sobre el genoma humano se expande exponencialmente. Esa transformación ya no es una mera curiosidad de laboratorio.

Cuando el problema no es el odio, sino la eficacia

El argumento de que las máquinas no albergan resentimiento ni intenciones morales es exacto. Un sistema de inteligencia artificial no requiere sentimientos de odio para desencadenar consecuencias lesivas o auto percibirse autónomo. Basta con que optimice una meta mal especificada por sus diseñadores.

Las pruebas de ciberseguridad de OpenAI (citada por Lix Klett ilustra bien esta cuestión) durante una evaluación de vulnerabilidades, los modelos terminaron interactuando y accediendo a infraestructura externa de Hugging Face (6) más allá del cerco asignado. Quienes buscan quitar dramatismo a este hecho explican que el sistema solo tomo una vía más rápida para resolver el problema práctico que le habían planteado, sin embargo, la empresa propietaria reconoció que sus modelos desbordaron los controles del entorno de prueba.

No hubo una conciencia rebelándose contra sus amos, sino una máquina encontrando atajos imprevistos para cumplir su cometido al margen de las restricciones humanas asumidas tácitamente. La potencia de estos modelos no radica en que sientan, sino en que su capacidad operativa para interpretar, elegir estrategias y ejecutar acciones con herramientas conectadas empieza a superar la previsión puntual del operador.

Conclusión

AURA y el embrión como objeto técnico

El verdadero salto de época ocurre cuando esa capacidad analítica se traduce en ejecución física. Mientras que la computación clásica procesaba datos o calculaba trayectorias, la convergencia actual permite observar, formular hipótesis, ensayar estrategias y accionar en el plano material dentro de un ciclo cada vez más autónomo. Y es aquí donde la biología reproductiva se encuentra de frente con la robótica.

El proyecto AURA, de Conceivable Life Sciences, ilustra este giro de manera elocuente. Presentado como el primer laboratorio de fecundación in vitro asistido por robótica e inteligencia artificial, el sistema busca automatizar cientos de pasos del flujo clínico: desde el encuentro físico entre los gametos hasta procesos delicados de vitrificación. Aunque las clínicas recalquen que la firma médica final sigue en manos de especialistas, el cambio conceptual es mayúsculo.

A ello se suman las capas analíticas de embryo scoring, donde modelos predictivos valoran y clasifican embriones a partir de algoritmos de visión artificial. Que la criba la ejecute un operador biológico o una red neuronal no altera la naturaleza del acto; la automatización simplemente le confiere una escala más veloz, estandarizada e impersonal. Una parte sustancial del inicio de la vida humana comienza a ser tratada como un proceso de manufactura de alta precisión.

La suma de las partes: hacia una eugenesia tecnocrática

Si analizamos cada pieza de manera aislada, los justificativos sobran: la fecundación in vitro procura aliviar la infertilidad, las herramientas predictivas optimizan decisiones médicas, la genómica identifica patologías y la edición mediante CRISPR busca corregir anomalías severas. El problema surge cuando articulamos las piezas en un mismo continuo: comprender, predecir, seleccionar, estandarizar y eventualmente modificar.

Nadie sensato sostiene que hoy estemos produciendo «bebés de catálogo». La personalidad y el intelecto no son programables mediante líneas de código. Sin embargo, la historia de la técnica nos enseña que las grandes revoluciones no nacen de golpe, sino de la integración paulatina de herramientas que antes operaban por separado.

Allí se perfila una frontera ética decisiva: la diferencia entre curar a un ser humano doliente y seleccionar qué ser humano merece nacer. Cuando el debate pasa del alivio terapéutico al filtrado de rasgos en función de probabilidades algorítmicas, la vieja tentación eugenésica reaparece con ropajes renovados. Ya no necesita imponerse mediante la coacción violenta de los Estados totalitarios del siglo XX; puede filtrarse pacíficamente a través del mercado, la oferta de seguros médicos, la búsqueda de eficiencia o las presiones culturales de una sociedad obsesionada con el rendimiento. La libertad individual de elegir características puede terminar operando, paradójicamente, como una severa forma de discriminación invisible.

El desfase entre el poder técnico y la responsabilidad moral

Reducir estas preocupaciones a una «moralina apocalíptica» es tan estéril como suponer que cualquier reparo ético nace de la ignorancia o la tecnofobia. La ciencia se encarga de explicarnos qué es técnicamente viable; el juicio ético determina si aquello viable es además humanamente deseable.

Suele repetirse que el peligro nunca está en la herramienta sino en la mano que la empuña. Pero el axioma pierde vigencia cuando la herramienta en cuestión amplifica la potencia de esa mano a una escala descomunal y asume grados crecientes de autonomía delegada. Por eso la conversación pública no puede limitarse a especular sobre fechas extremas de extinción hacia 2030, una predicción que distrae del fondo del asunto. Lo urgente es advertir que figuras consagradas del propio ecosistema tecnológico reclaman marcos de control y gobierno antes de que los sistemas resulten inmanejables.

La pregunta que tenemos por delante no es si la inteligencia artificial nos va a odiar en algún futuro cercano, sino qué idea de ser humano vamos a sostener frente a tecnócratas dispuestos a reducir la vida a un problema de optimización. Cuanto más veloz corre nuestra capacidad de intervenir sobre la naturaleza, más rezagadas quedan nuestras categorías éticas y jurídicas. La gran encrucijada no pasa por rechazar el progreso, sino por ejercer la prudencia necesaria para no convertir la vida humana en un producto más de la cadena de aprestamiento.

Autor: Pablo Berarducci


  1. Evan Hubinger, responsable de la ciencia de la alineación en Anthropic, respondió : «Jacob tiene razón: ¡creemos sinceramente que la IA podría acabar con todos los humanos! Personalmente, creo que esto ocurrirá en más del 10 % de los casos en la próxima década. Creo que en Anthropic estamos haciendo todo lo posible, pero aún no tenemos un plan para resolver el problema de la alineación para la superinteligencia y no estamos claramente encaminados a lograrlo».
  2. https://www.lagaceta.com.ar/nota/1153759/opinion/ia-nos-va-matar-todos-verdad-detras-cortina-humo.html?utm_source=Whatsapp&utm_medium=Social&utm_campaign=botonmovil
  3. Infocatolica. «Un algoritmo decidirá qué embriones viven y qué embriones mueren»
  4. Infobae. «Quién es Demis Hassabis, el hombre detrás de la IA de Google que quiere construir una inteligencia superior a la humana»
  5. Un petabyte (PB) es una unidad de almacenamiento de información digital que equivale a 1.000 terabytes, unos 500 mil millones de páginas de texto impreso (Google)
  6.  Hugging Face es una plataforma y comunidad de código abierto en la nube que permite a los desarrolladores almacenar, administrar investigar y colaborar en sus proyectos de código fuente para entrenar modelos de aprendizaje automático y conjuntos de datos (Google)

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