De las lágrimas del Papa León en Notre Dame al rugido de 80.000 jóvenes en la vigilia de oración
El papa León XIV vivió este viernes 25 de septiembre, primer día de su viaje apostólico a Francia, dos momentos de gran emoción. Por la tarde, presidió las Vísperas en la catedral de Notre Dame, la primera visita de un Papa desde su reapertura tras el incendio de 2019, y se le vio visiblemente conmovido mientras cantaba el Salve Regina ante una imagen de la Virgen.
Por la noche, reunió a unos 80.000 jóvenes en el Stade de France de Saint-Denis, a quienes pidió huir del egoísmo, elegir el bien y luchar con una sola arma: «el amor que se entrega».
«Notre Dame es mucho más que un monumento»
León XIV entró en la catedral, se arrodilló ante el sagrario y besó la reliquia de la corona de espinas. Después presidió las Vísperas con unos 2.000 obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas.
En su homilía volvió a aquella noche de abril en la que el mundo vio arder la catedral: «Han pasado siete años desde que el mundo entero, conteniendo el aliento, vio cómo la catedral era devorada por un terrible incendio». Aquel dolor, dijo, no fue solo de los católicos: «En aquella hora dramática comprendimos que Notre-Dame es mucho más que un monumento».
Pero el Papa no fue a París ni visitó una de las catedrales más famosas del mundo solo por su valor histórico o artístico, y lo dejó claro: «La catedral no es una envoltura de piedra destinada a ser admirada: vive del misterio sagrado que en ella se celebra. Privada de la acción litúrgica, perdería su alma», advirtió.
Pidió al clero francés que las celebraciones se vivan «siempre con dignidad y decoro, también allí donde se reúnen comunidades más pequeñas», y lanzó una petición: «Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios».
A una Iglesia que en muchos pueblos de Francia sobrevive con pocos feligreses, le dio un consuelo: «La pobreza de medios no impide la misión (…). Esta catedral ha renacido para que ustedes puedan renacer con ella en un nuevo impulso de santidad y de misión cotidiana».
Dos Vírgenes y un nudo en la garganta
La homilía terminó mirando a la Virgen de París, la talla del siglo XIV que sobrevivió al fuego: «Levantemos la mirada hacia la imagen del siglo XIV de la Virgen con el Niño, que el incendio no alcanzó y que resplandece de nuevo ante nosotros».
Lo más emocionante, sin embargo, llegó fuera. Al salir, el Papa se detuvo en el atrio ante otra imagen mariana, la Virgen con el Niño de plata del orfebre Charles-Nicolas Odiot, una superviviente de otra época: fue arrojada desde el palacio arzobispal en los disturbios de 1831 y se libró por poco de acabar fundida.
Ante ella y junto a miles de fieles, León XIV cantó el Salve Regina en latín, sin poder disimular la emoción y las lágrimas.
«Recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos»
Del silencio de Notre Dame, pasó al rugido de los jóvenes en Saint-Denis. El Stade de France recibió al Papa a las nueve de la noche con una coral de 2.500 jóvenes, fuegos artificiales y una representación sobre los santos franceses, con Juana de Arco incluida a caballo.
León XIV abrió su intervención improvisando, y le salió del alma: «Queridos amigos, la primera cosa que yo quisiera decir es muy simple: ¡gracias! Gracias a Dios, gracias a ustedes, gracias por su valentía, gracias por su presencia, gracias por su fe. ¡Ustedes son los santos de Francia!».
Chloé, farmacéutica de 25 años que anima noches de adoración en los barrios populares de Île-de-France, le preguntó cómo anunciar a Cristo en una sociedad que parece ajena a Dios. El Papa le dio la vuelta a la pregunta: «Es verdad, como tú has dijo, que la sociedad en la que vivimos parece indiferente a Dios. Sin embargo, ¡el Señor no es indiferente a nosotros!». Y añadió un diagnóstico sin anestesia: «Es el hombre quien se extravía cuando afirma que Dios ha muerto».
François, estudiante de Agronomía y jefe scout de Borgoña, le habló de la ansiedad que frena a su generación. León XIV, antes de responder, preguntó con una sonrisa: «¿Hay muchos scouts aquí? Ah, ¡muy bien, bienvenidos!».
Luego puso nombre a muchos de los miedos de los jóvenes, «el cansancio provocado por las pantallas y la ansiedad ante el cambio climático o la situación económica e internacional», y les ofreció una receta sorprendentemente sencilla: «Para vencer la angustia o la incertidumbre, tengan el valor de decir una sola palabra, simple y hermosa: gracias. Gracias, Jesús, por tu amor». A los que sentían la llamada al sacerdocio o la vida consagrada les habló sin rodeos: «¡La Iglesia en Francia los necesita mucho!».
Huir, tender, luchar
En la meditación final, el Papa desgranó tres verbos de la carta de san Pablo a Timoteo, como quien entrega un plan de entrenamiento. Primero, huir del orgullo, la vanidad y la avidez, porque ese egoísmo «esconde una soledad aterradora». Aquí dejó la frase que más circula hoy por las redes, y no deja de tener su ironía: «Ese estilo de vida nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos con nosotros mismos».
Segundo, tender al bien, con un criterio para no perderse: «El bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo!». Puso como ejemplo al beato Marcel Callo, scout y obrero que, «en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior».
Y tercero, luchar, en la tierra de Juana de Arco, aunque con matices: «Nuestra lucha no es una batalla contra los demás; no recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega».
La noche terminó ante dos reliquias expuestas en el estadio, la túnica de Cristo que se conserva en Argenteuil y una cruz. León XIV las leyó como un díptico: «Una fue quitada a Cristo; la otra, le fue dada a Cristo». Jesús, dijo, «es despojado de su túnica para cubrirnos con la vestimenta blanca».
Notre Dame enseñó que una catedral puede resucitar de sus cenizas. El Stade de France, que una generación también puede hacerlo de su ansiedad. Para ambos milagros, el Papa dejó la misma receta: rezar y dar gracias.
Fuente: Religión en Libertad
