Gramsci, la batalla ideológica o cómo adormecer el sentido común para transformar una sociedad
La estrategia del pensador marxista italiano no apuntaba solamente a tomar el poder político, sino a construir una nueva hegemonía cultural desde la sociedad civil.
Por supuesto, en su época, la Civilización Occidental y Cristiana seguía iluminando el sentido común, a pesar de las batallas ganadas por la ideología liberal y luego marxista, que avanzaban por Europa y el mundo libre. Pero las ideas de Marx lograban penetrar en círculos intelectuales, buscando socavar ese concepto de justicia y libertad cristianos, y él pensó la idea de “batalla cultural” para entrar en esas sociedades.
Gramsci sostenía que la disputa por las ideas, los valores y las referencias morales se convertirían así en una herramienta central de transformación social. Y en 1920, ya como uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia, pensó como hacerlo, mediante una astuta estrategia de engaños.
La conquista del consentimiento
Cuando se habla de propaganda suelen venir a la mente imágenes de regímenes totalitarios, discursos oficiales y medios sometidos al poder. Pero esa es la propaganda fácil de reconocer. La verdaderamente eficaz es la que deja de parecer propaganda. Se introduce en el lenguaje cotidiano, en los medios, la universidad, las organizaciones civiles y, finalmente, en nuestra propia cabeza, hasta que una posición política concreta termina pareciéndonos simplemente normal.
Antonio Gramsci entendió perfectamente ese mecanismo. Desarrolló una concepción más profunda de la disputa política, como señalábamos: la de la hegemonía cultural.
Comprendió que las sociedades occidentales no podían conquistarse únicamente tomando el gobierno, porque entre el ciudadano y el Estado existía una poderosa sociedad civil.
Gramsci entendía que la transformación revolucionaria necesitaba de un arma oculta, para penetrarla sociedad sin que ésta lo perciba. Porque, a diferencia de otros escenarios históricos, las sociedades occidentales contaban con una extensa red de instituciones que influían en la formación de las ideas y las conductas: escuelas, universidades, periódicos, sindicatos, asociaciones, intelectuales …y la Iglesia.
Por eso, sostenía que el poder no se mantiene únicamente mediante la fuerza o las leyes, sino también a través del consentimiento. La hegemonía, según su idea, se alcanza cuando una determinada visión del mundo logra instalarse como dominante y sus valores comienzan a ser aceptados como naturales. Sí; sostenía que el poder más profundo no es aquel que obliga, sino aquel que consigue consentimiento, prestigio y aceptación hasta transformar una determinada visión del mundo en sentido común.
Cuando alguien consigue decidir qué es progresista y qué es reaccionario, qué resulta compasivo y qué parece cruel, qué opinión es respetable y cuál debe avergonzarnos, ha ganado buena parte de la batalla antes de que empecemos siquiera a discutir.
La disputa por el sentido común
Uno de los conceptos centrales de Gramsci fue precisamente el de “sentido común”. Para él, las creencias, tradiciones y valores cotidianos no eran elementos neutrales: constituían un terreno donde se reproducían o cuestionaban las concepciones dominantes de la sociedad.
Desde esta perspectiva, su idea de batalla cultural consistía en intervenir sobre el lenguaje, la educación, las expresiones artísticas y las instituciones para modificar gradualmente la manera en que las personas interpretan la realidad.
Aplicada a las tradiciones occidentales, esta estrategia puede analizarse como una disputa con las referencias éticas, morales y religiosas, fundamentalmente las de raíz cristiana. Sí, no dejó por escrito un plan explícito para eliminar esos valores o quebrar deliberadamente todos los límites éticos sociales de su tiempo, pero dejó las líneas para que se desarrollaran.
Münzenberg y la dimensión práctica de la propaganda
En el terreno de la comunicación política, otro protagonista fue Willi Münzenberg, dirigente vinculado a la Internacional Comunista. Durante el período de entreguerras impulsó una extensa red de publicaciones, editoriales, organizaciones culturales y campañas internacionales, capaces de atraer incluso a personas que jamás se habrían definido como comunistas. Su intuición fue extraordinaria. La propaganda funciona muchísimo mejor cuando no parece propaganda.
Su estrategia consistía en construir alianzas amplias alrededor de causas capaces de convocar a sectores que no necesariamente se identificaban con el comunismo. La solidaridad, la paz y la lucha contra determinadas injusticias podían convertirse en espacios de movilización política.
El historiador Sean McMeekin documentó la dimensión internacional de esa campaña perversa en su libro The Red Millionaire.
Una discusión que llega hasta el presente
La reflexión de Gramsci conserva actualidad porque invita a observar cómo se forman los consensos sociales. Universidades, medios, organizaciones civiles, empresas y organismos internacionales participan, desde intereses y perspectivas diferentes, en la circulación de ideas y valores, generando corrientes para imponerlos solapadamente.
Una ONG necesita financiación y quiere promover una causa. Una universidad genera estudios y expertos. Un político encuentra una bandera moral. Un medio adopta determinadas categorías. Lo vemos a diario.
Una gran empresa descubre que abrazar ciertos valores mejora su reputación.
Y un organismo internacional termina convirtiéndolos en recomendaciones que después pueden transformarse en políticas públicas… ¿ya adivinaron?
Hoy lo vemos en la ONU, monumental ejemplo de ello.
La existencia de una dirección coordinada detrás de cada cambio cultural es evidente, ya. Son muchos los intelectuales y ciudadanos de bien, incluso católicos formados, que fueron atrapados en estas redes de cooptación.
Así, en la Argentina vimos consignas como el “Me Too” que también llegaron desde las usinas ideológicas internacionales y lograron sumar a miles de jóvenes que luego terminaron claudicando a valores familiares, como la propaganda les inducía, con una causa aparentemente noble. El aborto, la sexualidad precoz y “el género” se colaron por la misma ventana.
En los últimos años, inclusive, ideas que incluso en esta modernidad de más de 30 años ya, y que jamás la sociedades occidentales tomarían como normales, están siendo normalizadas por una estrategia aún más aceitada, fruto de las ideas gramscianas: La Ventana de Obertón.
La última versión de esta estrategia. Y con esta táctica, incluso la pediofilia puede normalizarse. Y ya casi lo lograron en algunas comunidades “desarrolladas” del norte de Europa.
Como vemos, las disputas políticas no se libran solamente en los parlamentos o las urnas: también se desarrollan en el lenguaje, la educación y las creencias que una sociedad termina considerando normales.
Una posición que comenzó siendo ideológica regresa al ciudadano disfrazada de consenso, solidaridad, modernidad …e inclusive “sentido común”.
Gramsci lo logró. Y millones de jóvenes ni lo saben.
