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Home/Culturales/“Feliz Año Nuevo”. Reflexiones del Padre Petit de Murat
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“Feliz Año Nuevo”. Reflexiones del Padre Petit de Murat

By elcristianodiario@gmail.com
01/01/2026 3 Min Read
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No nos atrevemos a pronunciar el lugar común: “Feliz año nuevo”. Para hacerlo sería necesaria mucha rutina o, en su lugar, otro tanto de cobardía e inteligencia roma.

Mentirnos prometiéndonos un año feliz, sería caer en la violencia irracional del optimismo. Debajo de cada optimista hay un cobarde, como debajo de cada pesimista un enfermo de orgullo. Tiene razón Chesterton al decir que el optimista termina suicidándose, devorado por sus propios problemas que nunca se atrevió mirar cara a cara.

La verdad es que si la Tierra surcara mares poblados de bestias fabulosas no estaría la Humanidad entera más minada por gravísimas amenazas.

Es hora de reconocer un hecho que nos debe llenar de alarma: observando los últimos acontecimientos -la obcecación de las naciones por un lado, de las clases sociales por otro-, llegamos a comprender que el hombre se ha disminuido hasta el punto de estar en desproporción para con su propia vida; lo mismo los pueblos.

Ni en los individuos ni en las sociedades hay una cabeza pujante que ponga orden y medida al conglomerado de fuerzas que forman la naturaleza humana.

No en vano se ha creído durante siete siglos que la inteligencia era una facultad vana, gastadora de ingeniosos juegos de salón.

Y, es claro, el hombre pagó caro el desprecio que ha hecho de esa potencia soberana, la única capaz de leer en la ley eterna el orden y fin de la compleja naturaleza humana, y aplicarlos con imperio a las fuerzas infra racionales que la integran.

Así, abandonados a los apetitos, a los cuales la inteligencia no pone cauce en la razón de ser de los mismos, el varón y la mujer aparecen desgarrados por las exigencias estúpidas de esos apetitos salidos de madre, y por los ensayos clarinescos que la industria, las modas y las malas artes hacen por construir una bestia inverosímil donde el alma racional del hombre encuentre al fin en las pobres cosas de la carne y de la tierra, la saciedad perfecta, el júbilo consumado y la plena felicidad que, en verdad, únicamente en Dios puede hallar.

Da pena ver cómo, encandilados por esa promesa, hombres y mujeres danzan alrededor de los ídolos; se entregan con el mayor entusiasmo e incondicionalmente a todo lo que les va degradando poco a poco.

Cuando un individuo formado en esa escuela de confusión y extravío, es erigido en jefe de Estado, no por eso cambia dicha mentalidad. Sin cabeza para ver el último fin de la sociedad y regular los medios con respecto a ese fin, se encandila con intereses inmediatos animales, llevando los pueblos a la ruina.

Sobre la efervescencia de una humanidad en proceso de descomposición, no emerge un Hombre, no emerge la augusta presencia de una inteligencia.

“El Señor miró desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver si hay un inteligente, uno que busque a Dios. Todos declinaron sus caminos y se hicieron inútiles” (Ps. 13, 3-4).

Este estado de cosas no debe sumir en la desesperación al que lo vea tal como es.

Sabemos que disponemos -está en el Sagrario- de una Semilla que puede cambiar la faz de la tierra y que un vaso de agua dado con intensidad de Amor puede transformar el mundo. Así lo entendió un San Benito y encauzó a todo un continente en los caminos de una civilización incomparable. Con el mismo criterio procedieron Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís. Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer salvaron al mundo de la ruina en momentos comparables a los presentes.

Si el Señor hubiera encontrado cinco justos en Sodoma, hubiera perdonado a todo el lugar por amor de los justos.

Cuando en cualquier rincón del mundo -puede serlo muy bien Tucumán- aparezcan los signos de una conversión al Señor que en intensidad compita con la iniquidad del mundo, podremos decir: “Feliz año nuevo”.

Autor: Fray Mario José Petit de Murat, O. P. (1908-1972)

Tags:

ArgentinaIglesia CatólicaTucumán
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