En Tucumán, durante la realización del tradicional Seven de Tafí del Valle —una verdadera fiesta del rugby que convoca cada año a jugadores, familias y turistas— se produjo un episodio de violencia que rápidamente captó la atención de la prensa. El hecho involucró a un grupo de jóvenes que atacó brutalmente a otro, quien fue golpeado por varias personas en las inmediaciones de un boliche. De manera casi inmediata, algunos sectores señalaron a los presuntos agresores como jugadores de rugby, reavivando un debate que ya ha tenido antecedentes dolorosos en la historia reciente del país.
La situación evocó inevitablemente el crimen de Fernando Báez Sosa, ocurrido en Villa Gesell hace algunos años, cuando un grupo de jóvenes identificados mediáticamente como “rugbiers” asesinó a golpes al joven a la salida de un local nocturno. Aquel caso, que concluyó con condenas judiciales, dejó una huella profunda en la opinión pública y consolidó una narrativa que asocia, muchas veces de manera simplista, al rugby con la violencia.
La rápida condena al deporte
Tras el episodio en Tafí del Valle, no faltaron voces que, desde micrófonos y redes sociales, demonizaron al rugby nuevamente, como un deporte violento y hasta como la causa directa de conductas criminales. Se habló con ligereza y sin conocimiento profundo de la cultura del rugby, reduciendo un hecho puntual —aún bajo investigación— a una supuesta consecuencia inevitable de la práctica deportiva.
Sin embargo, en una provincia como Tucumán, donde el rugby tiene una extensa tradición y una fuerte raigambre social, el episodio fue tomado con suma seriedad por las autoridades de los clubes y por la Unión de Rugby de Tucumán (URT). Lejos de minimizar lo ocurrido, las instituciones dejaron en claro que no habrá tolerancia alguna si se comprueba la participación de jugadores federados.
El hecho y la investigación en curso
El ataque ocurrió en la madrugada del jueves 29, cuando Patricio Ledezma, de 19 años y jugador del club Universitario, fue agredido por un grupo de aproximadamente 20 jóvenes a la salida del boliche “La Cañada”. Según la denuncia presentada por su madre, mientras algunos lo golpeaban, otros filmaban la escena con sus teléfonos celulares. El propio Ledezma descartó que el ataque estuviera relacionado con una rivalidad deportiva.
Ante la repercusión pública del caso, el club Huirapuca de Concepción difundió un comunicado en el que repudió “de manera clara y contundente cualquier forma de violencia, en cualquier ámbito”, aunque se mostró prudente respecto a la identidad de los agresores hasta que la Justicia avance en la investigación.
La postura firme de la Unión de Rugby
El presidente de la URT, Javier Budeguer, en declaraciones a la prensa, respaldó el comunicado del club y fue categórico respecto a las posibles sanciones. “Si la Justicia comprueba que los agresores son jugadores de rugby, vamos a actuar de manera inmediata y aplicaremos sanciones mucho más duras incluso que las que pueda imponer el club”, afirmó. También aclaró que cualquier decisión será tomada una vez que los hechos estén debidamente comprobados.
Señaló también que “el rugby no es la causa de estos problemas. Estos no son nuestros valores”, y reafirmó el compromiso de la dirigencia con una sanción ejemplar en el caso.
Violencia social y pérdida de valores
La violencia entre los jóvenes es hoy una realidad instalada en la sociedad, y no puede atribuirse de manera automática a un deporte en particular. El rugby, históricamente, promueve valores como la amistad, la nobleza, la lealtad y el juego limpio, pilares que forman parte de su identidad y que lo diferencian de otros ámbitos donde la violencia se manifiesta incluso dentro de los estadios. El fútbol, por caso, ha tenido que cerrar las puertas a los visitantes hace años, pero en las canchas los jugadores de todas las divisiones tienen conatos de violencia; lo vemos cada tanto, en las noticias. Y no por eso debemos tampoco demonizar al fútbol, hermoso deporte que todos aman, mucho más en la Argentina. Y que en lugares como Inglaterra, que hubo violencia extrema también, se pudo solucionar.
No obstante, tampoco sería justo señalar a otros deportes como causa de la violencia social. El problema es mucho más profundo y atraviesa a toda la comunidad: los medios, los ejemplos que dan los adultos, el aumento de la criminalidad y un Estado que ha relegado la enseñanza de valores fundamentales en la educación formal, para enseñar ideologías que devienen en violencia (paradógicamente), como el feminismo extremo, que aún hoy en muchas provincias se sigue “dictando” desde una ESI con literatura feminista-progénero, y sin valores.
Un tema, como vemos, mucho más complejo que señalar a un deporte. Y que lo padece toda una sociedad, cada día, más violenta.
Un desafío colectivo
Si no se reacciona a tiempo, estos hechos —presentes en todos los estratos sociales— difícilmente cambien. No se trata de fomentar divisiones ni odios, sino de buscar soluciones efectivas y aplicar castigos a quienes infringen la ley.
La responsabilidad es compartida: de la Justicia, del Estado, de los educadores, de los padres y, por supuesto, de los propios jóvenes, llamados a reencontrarse con los valores del respeto por el prójimo y por sí mismos. La pregunta queda abierta: ¿seremos capaces de reaccionar a tiempo como sociedad?
