Santo Evangelio según San Mateo
Mateo 4, 1-11
“En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: “Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le contestó: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras”. Pero Jesús le replicó: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.
Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles para servirle.”
Homilía del Padre Marcelo Barrionuevo
“Queridos hermanos:
Iniciamos el primer domingo de Cuaresma, tiempo de preparación para el camino hacia la Pascua. En todos los ciclos litúrgicos, la Iglesia nos propone en este día el Evangelio de las tentaciones. No es casual: somos, por naturaleza, seres tentados.
Desde una mirada ética, podemos afirmar que siempre seremos tentados: ya sea por amor propio, por obra del demonio o por circunstancias externas. Si esto es así, debemos preguntarnos con sinceridad: ¿qué es la tentación?
Suelo acudir a la definición de San Agustín, quien enseña que la tentación es un movimiento —podríamos decir hoy, psicológico, emocional y también teológico— que nos impulsa a hacer aquello que va contra la voluntad de Dios, contra nosotros mismos y contra el prójimo. Son tres dimensiones que quedan afectadas: la ofensa a Dios, al prójimo y a uno mismo.
La tentación acompaña la condición humana después del pecado original. Aunque hemos sido redimidos por Cristo, permanece en nosotros lo que la teología llama fomes peccati: la inclinación al pecado. Allí se inscribe todo el movimiento de las pasiones, los afectos desordenados, la soberbia. Este conjunto de fuerzas puede orientarnos tanto hacia la virtud como hacia la caída.
La Sagrada Escritura, especialmente el libro del Génesis, nos enseña que el pecado debe comprenderse a la luz del acto previo de la Creación: el hombre ha sido creado como una unidad corpóreo-espiritual. Por eso, la tentación afecta tanto al cuerpo como al alma; compromete a la persona entera.
Si alguien, por ejemplo, tiene debilidad por la bebida en exceso, esa fragilidad corporal termina generando consecuencias espirituales: palabras inadecuadas, comportamientos impropios, pérdida del dominio interior. Del mismo modo, un pecado espiritual como la envidia repercute también en el cuerpo: la mirada, los gestos, las actitudes se ven afectados. Todo el sujeto queda implicado.
Partiendo de esta premisa, consideremos las tentaciones que el Evangelio nos presenta.
Primero, convertir las piedras en pan.
La primera tentación consiste en transformar las piedras en pan. Observemos un detalle: las piedras están en el suelo. La tentación tiende a arrastrarnos hacia abajo, hacia un nivel bajo de consideración. Cuando caemos en miradas puramente humanas, rastreras, reducimos la realidad a lo superficial: la comida, la bebida, el placer, la fama, el amor propio.
Estas son tentaciones concupiscibles, corporales. Cuando cedemos a ellas, nos “nivelamos hacia abajo” y nos volvemos vulnerables.
Dentro de la psicología espiritual se suele señalar que tres pecados se entrelazan con frecuencia: la soberbia, la pereza y la envidia. Cuando la soberbia domina, fácilmente se desencadenan otros desórdenes. Cada uno debe hacer su propia lectura antropológica para reconocer cómo es tentado. Y, sobre todo, no hay que asustarse.
Segundo: La tentación de las cosas.
La segunda tentación presenta el dominio y la posesión: “Te daré todo esto si te postras”. Aquí aparece la tentación de las cosas.
No hay problema en poseer bienes. El problema surge cuando creemos que somos lo que tenemos. Yo no soy el auto que conduzco. Soy infinitamente superior a cualquier objeto por el solo hecho de existir.
La cultura actual insiste en que la felicidad proviene de las cosas. Pero nada frustra más al corazón humano que poner su esperanza en lo material. Podemos desear bienes, y eso no es malo; lo que no debemos hacer es identificar nuestra dignidad con ellos. No tener algo no nos hace peores; tenerlo no nos hace mejores.
Cuando la felicidad se reduce a lo que hacemos o poseemos, nuestra consideración interior se empobrece. Hablamos solo de comida, de consumo, de logros externos. Cada uno habla de lo que lleva en el corazón.
Tercero: La tentación del propio yo.
La tercera tentación es la más sutil: el demonio propone a Jesús poder y dominio si lo adora. Y el Señor responde con firmeza: “Al Señor tu Dios adorarás”.
Aquí aparece la tentación del propio yo. El camino cuaresmal nos invita a conocer los entresijos de nuestro egoísmo. A veces el yo se erige como un pequeño dios. Entonces surgen enfrentamientos sutiles en el matrimonio, tensiones en el trabajo, resistencias en la obediencia. “Yo no voy a ceder”, decimos.
El yo es complejo. Si está desordenado por imaginaciones o afectos no controlados, construimos una visión distorsionada de la realidad. Incluso el amor propio puede llevarnos a la tristeza y a la angustia cuando no aceptamos el dolor y la contradicción. Entonces surgen preguntas: “¿Por qué me pasa esto? ¿Qué le hice yo a Dios?” Y entramos en el misterio de la Cruz, que hiere nuestro orgullo pero purifica el corazón.
Sentir no es consentir.
Finalmente, conviene distinguir: una cosa es sentir la tentación y otra muy distinta es consentirla. Sentirla la sentiremos todos; consentirla depende de nuestra libertad. Una cosa es que aparezca como un fogonazo; otra es que la alimentemos deliberadamente.
Concluyo: es fundamental educar un corazón discreto, capaz de discernir y de buscar lo que es conforme a la voluntad de Dios. Iniciemos esta Cuaresma no atormentados por la culpa, sino atentos al discernimiento.
No hay que asustarse. Hay que buscar, con humildad, el camino para mejorar.
Que el Señor nos conceda esa gracia.
Amén.”
Padre Marcelo Barrionuevo
Párroco de Cristo Rey, San Miguel de Tucumán.
