Buena Cuaresma de conversión.
Cada miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma, en que la Iglesia nos recuerda, año tras año, que si no nos convertimos, no podremos entrar al Cielo.
Ayer, conversando con los niños de Kinder, les decía que la vida es como un juego donde hay reglas; reglas que, si uno cumple, siempre gana; pero es un juego y, como en todo juego, si se rompen esas reglas, también se puede perder.
Les decía: ¿y si hacemos las cosas bien, dónde vamos?
– “Al cielo” – me decían.
– ¿Y si hacemos todo mal y nunca nos arrepentimos?… No me sabían responder.
Les dije…: ¿qué pasa cuando uno es malo y no se quiere arrepentir? ¿Qué pasa si alguien roba, miente, desobedece, mata injustamente, etc…? ¿dónde irá? ¿es justo que los buenos vayan al mismo lugar que los malos?
– “No…” – me dijeron.
– ¿Entonces? ¿dónde van los malos?
– ¡A la cárcel! – me dijo una niña, jajaja
– Claro, le dije, a la cárcel. Pero hay algo peor y más triste que la cárcel, que es el infierno, donde van quienes mueren y no se arrepienten…
Por eso la Iglesia hoy nos hace pensar en esto; en el destino eterno que nos puede tocar y, sobre todo, en cómo usamos nuestras vidas aquí abajo.
Y por eso nos coloca las cenizas; cenizas que hicimos a partir de las palmas o ramos de olivos secos del año pasado. Esas palmas que el año pasado estaban verdes en el Domingo de Ramos, hoy están secas y solo sirven para ser quemadas.
“Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, dice la liturgia…
Eres polvo y en polvo nos convertiremos.
Por eso es importante, siempre, pensar que hoy puede ser el último día de nuestra vida.
Quería contarles una historia real; una historia que impactó tanto a San Juan Bosco, el patrono de los jóvenes, que lo hizo convertirse en un santo.
La historia es así y la cuenta el mismo Don Bosco:
El santo narra que en la escuela conoció a un joven lleno de virtud llamado Luis Comollo. Luis era muy tímido y a veces recibía burlas de sus compañeros abusivos, por eso Juan Bosco muchas veces lo defendía.
Se hicieron tan amigos que Don Bosco aprendía mucho de su paciencia y virtudes, tanto, que una vez llegó a decir que de él aprendió “a vivir como cristiano”.
Luis, además, era muy penitente, es decir, hacía muchos ayunos y mortificaciones, porque quería ir purgando en esta vida por sus pecados.
Pasado el tiempo, ambos ingresaron al seminario y, en unas vacaciones, Luis fue a visitar a Juan. Durante ese tiempo se divirtieron sanamente y hasta trabajaron en la viña, en el campo. En ese año la cosecha de uvas no fue buena, por lo que Bosco le comentó a su amigo que el siguiente año tendrían un mejor vino. Luis le respondió:
– “Tú lo beberás”.
Juan trató de animarlo, pensando que estaba deprimido, pero el rostro de Luis se llenaba de alegría al hablar de la vida eterna.
Cierto día, luego de leer vidas de santos, los amigos decidieron pactar que el primero que muriera debía volver a contarle al otro si se había salvado.
Ya en el seminario de nuevo, tiempo después, Luis Comollo falleció y fue enterrado.
Juan albergaba la pena de haber perdido a su mejor amigo, pero recordaba la promesa que se habían hecho.
La noche siguiente a su muerte, don Bosco mismo cuenta que, alrededor de las 11:30 p.m., cuando él y los seminaristas se encontraban en un gran dormitorio común, se empezó a escuchar en el pasillo un fuerte ruido como el de una carreta tirada por caballos. Los jóvenes saltaron aterrados de sus camas y se agruparon en un rincón del cuarto. De repente, una voz se oyó. Era Luis Comollo diciendo tres veces:
– “¡Bosco! ¡Bosco! ¡Bosco! ¡Me salvé!
Don Bosco siempre comentó que quedó tan impactado por este contacto con lo sobrenatural que cayó enfermo y casi se muere.
La muerte es así. “Llega como un ladrón” dice el Señor.
Por eso es que, una vez al año, la Santa Madre Iglesia nos hace reflexionar acerca de ella para que pensemos que, algún día, todos tendremos que pasar por ese momento. Y, como el árbol cae para el lado en que está inclinado, debemos aprovechar desde ahora, jóvenes o viejos, a ganarnos el Cielo, creyendo en Jesucristo y, sobre todo, obrando como él y como los santos.
Pidamos en esta Santa Misa esa conciencia acerca de nuestra vida y de nuestra muerte, para que, algún día, podamos también nosotros tener la gracia de la perseverancia final y salvarnos para poder llegar al Cielo con Cristo y María Santísima.
Autor: P. Javier Olivera Ravassi
