El reciente cierre del hospital de recuperación nutricional de la Fundación CONIN en Mendoza no debería ser una noticia más. Debería ser un escándalo nacional. Que una institución dedicada a salvar a niños desnutridos tenga que cerrar sus puertas por no poder pagar los sueldos de sus profesionales revela una de las contradicciones más dolorosas de la Argentina actual.
Mientras abundan los discursos sobre inclusión, derechos y desarrollo humano, un hospital que atendía a los más vulnerables debió suspender su actividad por falta de recursos básicos.
Un cierre que duele
El doctor Abel Albino, fundador de CONIN y referente internacional en la lucha contra la desnutrición infantil, fue claro en sus declaraciones recientes: el hospital tuvo que cerrar porque ya no podían afrontar los salarios del personal altamente calificado que trabajaba allí.
“Tuve que cerrar el hospital por falta de fondos para poder pagar los sueldos”, explicó el médico, señalando además que los aportes estatales no se actualizan desde hace años, mientras los costos aumentan constantemente.
La situación no sólo afecta a los profesionales, sino principalmente a los niños que recibían tratamientos integrales, muchos de ellos en situaciones críticas, que ahora ven interrumpida su atención.
El silencio de la política
Resulta llamativo el escaso nivel de reacción de las autoridades provinciales de Mendoza ante esta situación. Más aún considerando que CONIN presta un servicio que, en muchos casos, suple las falencias del propio sistema público de salud.
Según explicó Albino, la fundación cumple con la atención de los niños derivados por el Estado, pero los convenios no se pagan en tiempo y forma.
Tampoco se observa una reacción contundente desde el gobierno nacional. En un país donde el discurso político suele centrarse en la pobreza, el cierre de un hospital dedicado a combatir la desnutrición infantil debería ocupar un lugar central en la agenda pública.
La responsabilidad social empresaria, ¿solo un eslogan?
Otro aspecto que este caso deja en evidencia es la distancia entre el discurso y la práctica de la llamada “responsabilidad social empresaria”. Muchas compañías declaman este concepto en sus páginas institucionales y balances, pero pocas parecen involucrarse de manera sostenida en causas tan concretas y urgentes como la nutrición infantil.
La pregunta es inevitable: ¿cuántas empresas podrían sostener un hospital como este con una mínima parte de sus presupuestos de marketing o comunicación institucional?
Un pedido simple y directo
Ante esta crisis, Abel Albino realizó un pedido concreto y sencillo: que los argentinos colaboren con una pequeña donación mensual, equivalente al costo de una pizza, para sostener la atención gratuita de los niños.
No se trata de cifras imposibles ni de grandes fortunas. Se trata de comprender que pequeños aportes sostenidos pueden garantizar tratamientos que cambian vidas y permiten que muchos chicos tengan una oportunidad de desarrollo normal.
Recuperar la solidaridad
Tal vez este caso también obligue a una reflexión más profunda sobre los valores sociales. La Argentina que supo construir redes solidarias fuertes parece hoy más indiferente frente al dolor ajeno.
Recuperar la solidaridad concreta y la verdadera caridad —esa que no busca reconocimiento sino aliviar el sufrimiento— es una necesidad urgente.
Apoyar instituciones como CONIN no debería ser visto como un gesto excepcional, sino como una responsabilidad moral de una sociedad que no puede aceptar que un niño quede sin atención por falta de recursos.
Porque una Nación no se mide sólo por sus indicadores económicos, sino por cómo cuida a los más débiles. Y hoy, esos niños necesitan algo más que discursos: necesitan compromiso real.
