El Gobierno nacional solicitó formalmente que Milagro Sala deje el régimen de prisión domiciliaria y cumpla su condena en una cárcel común. El pedido fue realizado por el Ministerio de Justicia de la Nación, conducido por Mariano Cúneo Libarona, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), con el objetivo de poner fin a un beneficio que la dirigente jujeña mantiene desde 2017.
Desde el Ejecutivo consideran que la prisión domiciliaria otorgada a la líder de la organización Túpac Amaru constituye una “excepción injustificada”, incompatible con la firmeza de su condena y con los principios de igualdad ante la ley que deben regir en el sistema judicial.
Los fundamentos del reclamo oficial
La Subsecretaría de Derechos Humanos estructuró el pedido sobre dos ejes centrales. En primer lugar, la condena a 15 años de prisión que pesa sobre Milagro Sala por los delitos de asociación ilícita, fraude y extorsión, la cual se encuentra firme. En segundo término, el reciente incumplimiento de las condiciones impuestas para su detención domiciliaria, un hecho que el Gobierno considera de extrema gravedad.
Según el planteo oficial, estos elementos dejan sin sustento legal y razonable la continuidad de un régimen excepcional que no se condice con la situación procesal de la condenada ni con los estándares aplicables a otros detenidos en circunstancias similares.
Incumplimientos y señales de desobediencia judicial
Más allá de los beneficios e irregularidades que rodean el caso, uno de los puntos más cuestionados es la decisión de Milagro Sala de ausentarse de su domicilio sin la debida notificación, conducta que constituye una falta grave dentro del marco de su prisión domiciliaria.
Esta conducta no solo refleja, según el texto del reclamo, una actitud de desdén frente a la Justicia, sino que además pone en evidencia un trato diferencial que no se extiende al resto de la población carcelaria.
Un mensaje peligroso para la sociedad
El Gobierno advierte que este tipo de situaciones envía un mensaje negativo tanto a los internos del sistema penitenciario como al conjunto de la sociedad. Permitir que una persona con una condena elevada, sin problemas de salud que impidan su alojamiento en un penal, continúe bajo un régimen excepcional puede derivar en un grave precedente y en una creciente sensación de impunidad.
La preocupación no es menor: cuando las penas parecen negociables o selectivas, se debilita la confianza pública en el sistema judicial y se erosiona la idea de que la ley se aplica de manera equitativa.
La sombra sobre la Justicia
El caso vuelve a poner en discusión el rol de los jueces y su apego a la ley penal. Para amplios sectores de la sociedad, la reiteración de beneficios extraordinarios genera dudas sobre la probidad moral de quienes deben hacer cumplir las condenas con el mismo rigor para todos.
La Argentina, atravesada por una profunda crisis de confianza institucional, necesita señales claras de que la Justicia actúa con imparcialidad, tal como lo simboliza la clásica imagen de la balanza con los ojos vendados.
