El Papa León XIV, los seminaristas y el llamado a una mirada sobrenatural de la realidad
Discurso del Santo Padre a los seminaristas de Alcalá de Henares, Toledo, Cartagena y el Interdiocesano de Cataluña
El sábado 28 de febrero, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Papa León XIV recibió en audiencia especial a seminaristas de diferentes seminarios españoles llegados a Roma para esta audiencia especial.
Además de los obispos y formadores de los diferentes seminarios presentes (Alcalá de Henares, Toledo, Interdiocesano de Cataluña y el de Cartagena), participaron también las familias de algunos de los seminaristas.
A continuación, la transcripción del discurso del Papa:

“Queridos hermanos en el episcopado, Eminencia, sacerdotes, seminaristas y familiares:
El seminario es siempre un signo de esperanza para la Iglesia; de ahí que encontrarme con vosotros —tanto con quienes estáis recorriendo esta etapa como con quienes tenéis la responsabilidad de acompañarla— sea para mí un motivo de verdadera alegría.
Podría hablar de muchos aspectos importantes para vuestra formación, sobre los que ya he tenido ocasión de escribir en la carta que envié al Seminario de San Carlos y San Marcelo en Trujillo, Perú —institución de la que formé parte durante varios años—, y que os animaría a leer cuando tengáis ocasión. Pero hoy quisiera centrarme en algo que sostiene silenciosamente todo lo demás y que, precisamente por eso, corre el riesgo de darse por supuesto sin ser cultivado: el tener una mirada sobrenatural de la realidad.

Hay una frase del autor Chesterton que puede servir como clave de lectura de todo lo que quisiera compartir con vosotros: “Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural” (cf. Heretics, VI). El hombre no está hecho para vivir cerrado en sí mismo, sino en relación viva con Dios. Cuando esa relación se oscurece o se debilita, la vida comienza a desordenarse desde dentro. Lo antinatural no es sólo lo escandaloso, basta con vivir prescindiendo de Dios en lo cotidiano, dejándolo al margen de los criterios y de las decisiones con los que se afronta la existencia.
Y, si esto es cierto para todo cristiano, lo es de un modo particularmente serio en el camino de formación hacia el sacerdocio. ¿Qué podría haber más antinatural que un seminarista o un sacerdote que habla de Dios con familiaridad, pero vive interiormente como si su presencia existiera sólo en el plano de las palabras, y no en el espesor de la vida? Nada sería más peligroso que acostumbrarse a las cosas de Dios sin vivir de Dios. Por eso, en el fondo, todo comienza —y vuelve siempre— a la relación viva y concreta con Aquel que nos ha elegido sin mérito nuestro.

Tener visión sobrenatural no significa huir de la realidad, sino aprender a reconocer la acción de Dios en lo concreto de cada jornada; una mirada que no se improvisa ni se delega, sino que se aprende y se ejercita en lo ordinario de la vida. Precisamente por eso, si la visión sobrenatural es tan decisiva para la vida cristiana a mayor razón lo es para quien actuará in persona Christi, y ya desde la etapa formativa merece ser custodiada con especial atención, porque es el principio que da unidad a todo lo demás.
Esta mirada creyente de la realidad necesita traducirse cada día en opciones concretas de vida; de lo contrario, incluso las prácticas intrínsecamente buenas —como el estudio, la oración, la vida comunitaria— pueden vaciarse interiormente y desnaturalizarse, volviéndose mero cumplimiento. Un modo sencillo y probado para custodiar esta mirada es ejercitarse en la práctica de la presencia de Dios, que mantiene el corazón despierto y la vida constantemente referida a Él.

La Sagrada Escritura expresa esta verdad con una imagen sencilla en el salmo primero, cuando describe al justo como «un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo y cuyas hojas no se marchitan» (v. 3). No es fructuoso por la ausencia de dificultades, sino por el lugar donde ha echado raíces. El viento, el invierno, la sequía o la poda forman parte de su crecimiento, pero ni la tormenta ni la aridez lo destruyen cuando sus raíces son profundas y están cerca de la fuente. La misma Escritura conoce, sin embargo, la paradoja de la higuera que no da fruto pese al cuidado recibido (cf. Lc 13,6-9).”
Fuente: Zenit