Entre la inmediatez y la trascendencia
Mucho se habla sobre cómo las nuevas generaciones exigen que sus deseos se cumplan inmediatamente y sin dilaciones. La exagerada oferta de la sociedad de consumo y el avance tecnológico hicieron que la espera cada vez más se sienta como un tiempo muerto y sin sentido.
La filósofa Montserrat Nebrera, acuñó en 2012 el término generación de cristal para aquellos que hoy pertenecen a la generación sub 30: sensibles, de baja tolerancia a la frustración y ofensa fácil.
El elevado nivel de ansiedad parece ser una de las cuestiones que más los está afectando. También los mayores sentimos que no hay tiempo para nada y vivimos en acción y reacción. Todo tiene que ser rápido. Sentimos que el día no nos alcanza. Pero si lo miramos con más detenimiento, la generación que no soporta esperar no nació de un repollo.
Lo perdurable
Para los antiguos, construir no era para que lo gocen sus contemporáneos, sino un acto de trascendencia y devoción. Con materiales imperecederos, las grandes pirámides de Guiza, el Partenón o Machu Pichu fueron construidas pensando en la eternidad y no en la inmediatez. Se buscaba que las obras hablaran con los dioses y con nosotros miles de años después. Se proyectaba para siglos.
Sin irnos tan atrás en el tiempo, la generación de nuestros abuelos tenía en miras el legado que podrían dejar a sus descendientes. La obra bien hecha como ideal moral, se proyectaba para décadas: la casa propia, el buen nombre y el honor de la familia.
El paradigma de la sociedad en la que vivimos hoy carece de proyectos para un futuro lejano, ¿cuántas personas hay dispuestas a luchar o trabajar por algo que no llegarán a ver?
La percepción del tiempo se torna un presentismo radical y fragmentado. El futuro se diluye. Se suplanta la linealidad de la historia por un tiempo acelerado e inmediato, en el que “todo se acaba” y la velocidad tecnológica y el consumo generan un “apuro angustioso”. El presente es el único horizonte relevante.
La perdurabilidad dejó de ser una cualidad supremamente valorada, tanto en objetos como en servicios. Como es entendida la riqueza es una manifestación y ejemplo de esta afirmación. Hace años, era rico quien podía darse el lujo de comprar objetos muy resistentes y durables. La buena calidad se jugaba en el tiempo que el producto resultaba útil y sin desperfectos y esa característica redundaban en el costo. Hoy se supone que alguien posee riqueza material cuando puede acceder a cambiar sus bienes por otros de nueva generación, más moderno y actualizados. No importa que dure, sino que esté actualizado. Del mismo modo, la estabilidad durante años en el mismo empleo, que otrora hablaba del compromiso del trabajador con su lugar de trabajo y la confianza que los empleadores depositaban en él, hoy parece estar más asociada a la inmovilidad e incapacidad de progreso. Ni qué decir sobre la dificultad para sostener vínculos comprometidos.
Chesterton entendía la paciencia no como una espera pasiva, sino como una virtud activa y esperanzadora ligada a la humildad, la gratitud y la capacidad de apreciar la vida tal cual es.
¿Cuándo la espera dejó de ser una virtud para convertirse en un defecto? ¿Cuándo la paciencia pasó de ser fortaleza moral a incapacidad de adaptación? ¿y cuándo el amor dejó de entenderse como fidelidad y se transformó en intensidad pasajera?
La política
“El tiempo es superior al espacio” solía decir el papa Francisco. Sería deseable sembrar cambios a largo plazo en lugar de buscar resultados inmediatos o controlar espacios de poder, pero aunque sepamos que en general los cambios estructurales llevan tiempo, sobre todo cuando se trata de eliminar ciertos vicios, costumbres o leyes que por ideología o por proteger los privilegios de algunos siguen vigentes; hoy ya no se puede pretender que quienes tienen cincuenta y cinco años o más tengan la misma capacidad de espera que los de épocas pasadas. Como tampoco se puede pretender que todos los que tienen sus necesidades básicas insatisfechas puedan esperar lo mismo que los que sí las tienen.
La gran paradoja es que para lograr cambios culturales favorables se necesitan ciudadanos capaces de esperar, pero el mercado necesita consumidores impacientes y los forma para ser incapaces de tolerar cualquier aplazamiento. Lo que antes podía tomarse como tiempo de maduración hoy se considera un obstáculo.
Quizás la verdadera rebeldía de nuestro tiempo no consista en exigir que todo sea inmediato, sino en animarse a construir algo que nos sobreviva.
Autores: Myriam Mitrece y Carlos Ialorenz