Esto es muy largo. Demasiado. Mi sano consejo es que no lo lean.
Van a perder un tiempo muy valioso, por nada.
Y (como ya sabrán) si hay algo que es escaso, es el tiempo.
Reitero: No lo lean. El que avisa, no es traidor.
Pero resulta que a veces la historia no es como nos la cuentan, algunas cuestiones no son tan heroicas…
Y a veces también suceden cosas sorprendentes, que ni nos imaginamos.
El ejemplo puede aplicarse a la historia de Ernestino Corbo Aciel, uno de nuestros grandes benefactores, no muy conocido, y sus dos bellas hijas (Paulina y Susana) con las cuales no se llevaba para nada bien.
Al “Tano” Aciel (si bien de padres paraguayos con bigotes bien taragüi) le decían Tano por un muy lejano pariente habitante de alguna colgada rama de su árbol genealógico.
Si bien era carnicero también se daba maña con la mecánica manual: le gustaba investigar y desarmar trastos viejos para generar nuevas cosas. Apenas le decían que algo estaba descompuesto ahí lo veías pasar corriendo de contento munido de una pico de loro, un soldador o un destornillador.
A veces lo hacía solo por hobby pero muchas otras tenía necesidades específicas: como la embutidora de chorizos que había ideado a partir de una vieja secadora industrial arrumbada…
Y si hay alguna seguridad de algo, es que esta choricera es la que lo hizo realmente millonario.
De producir una gruesa por día (144 chorizos), pasó a cincuenta diarias (7200 choris) y luego…bueno, no tiene sentido decirles. Con decirles que podríamos vivir a choripanes el resto de nuestras vidas… y sobrarían (chorizos, no vidas).
Pasó entonces a convertirse de carnicero a proveedor, de proveedor a proveedor de proveedores, y de ahí a matancero. Tuvo tres mataderos.
Compraba vacas flacas en la Pampa, las engordaba (fue quien inventó el “engorde” antes de que lo llamaran feed-lot), evitaba pasar por Liniers para no tener que dejar comisión. Así que las faenaba junto con el equipo de trabajo que había entrenado (“estos te pelan una berenjena antes de que toque el piso”, solía decir siempre) y las distribuía él mismo por casi todas las carnicerías de la ciudad y Provincia de Buenos Aires.
A veces los caudillos políticos le mandaban matones para que no hiciera negocios en sus territorios, ya que se sabía que el Tano “no pagaba cometa”.
Cuando en callejones oscuros (por la madrugada) los matones le cruzaban un vehículo, a veces directamente los pasaba por encima con su camión (“La Briqueta”, un viejo camión rojo fuego que había sido maderero) o sino detenía el camión y se bajaba sin miedo a la calle munido de la larga maza (de un metro y medio y casi 3 kilos de peso) con la que, antes de la faena, pasaba los vacunos a mejor vida.
Convengo en que podrá ser muy sangrienta la imagen, pero no quita que fuese realmente efectiva: los matones automáticamente se transformaban en ositos de peluche y casi como que le daban la cortés bienvenida a su barrio o suburbio…
Como les dije: el Tano Aciel se hizo millonario. No millonario. Muy millonario.
Era viudo, su amada esposa solo vivió hasta cinco años después de su casamiento. Nunca más se le conoció mujer y por supuesto nunca se volvió a casar: había que cuidar muy bien los destinos de las dos pequeñas hijitas que su mujer le había dado en custodia.
Así como era millonario, era en igual medida muy generoso. Simplemente le caías bien y te invitaba a vos y a toda tu familia a pasar un fin de semana en su caserón de San Isidro.
Le caías realmente bien y rentaba un micro de larga distancia y te llevaba a vos, a toda tu familia, a todos tus amigos y a tus mascotas (si las tenías) a su hermosa casa de San Clemente del Tuyú.
Sí, San Clemente…
Porque lo que no les conté es que el Tano Aciel lo que tenía de millonario y de generoso, lo tenía también de tipo simple y campechano.
Nunca conoció Nueva York, nunca conoció París, nunca pisó Londres (aunque podría haber ido de sobra, les aseguro), pero a San Clemente lo disfrutaba con las ganas de un nene de diez años. A partir de los primeros días de diciembre ya se ponía ansioso.
Veías al Tano y dabas dos mangos: aparte de comer, el único gustito que se daba era alquilar una o dos sombrillas grandes, ni siquiera una carpa. Y ahí metía familia y amigos. Siempre en ojotas día y noche, embadurnado de Rayito de Sol casi hasta la ridiculez, era la veríssima imagen de la hermosa y cálida decadencia que tanto algunos hoy añoramos.
No existía el plástico así que las grandes botellas de vidrio (gaseosas, vino y sidra) se acumulaban (vacías y tintineantes) dentro de enormes canastos o heladeras de aluminio para luego ser canjeadas -por trigésima vez – en el almacén de Chicho por otros envases, pero estos llenos del sagrado líquido…
Para que les voy a contar…
Incluso como nota de color a este relato que va tomando forma, les cuento que dos de los amigos que no podían faltar en esas salidas de playa, eran El Gordo y Toto.
El “Gordo” con el tiempo iba a ser conocido como Juan Carlos Mesa, y “Toto” también con el tiempo iba a transformarse en un muy exitoso (casi legendario) productor de televisión conocido como Héctor Maselli.
Estos dos personajes, en equipo, con los años crearon una serie de televisión familiar que se dio en llamar “Los Campanelli” (quien sabe tal vez inspirados en esas entrañables jornadas compartidas con el Tano Aciel?)
Tanta plata tenía el Tano y tanta les hacía ganar a los estancieros, que estos lo adoraban. Supongo que más por interés que por certificado afecto.
Es que el Tano Aciel los invitaba a sus fiestas y estos llenaban sus nobles estómagos con las mejores carnes, las más deliciosas achuras y los más selectos vinos.
Pero…resulta que los dignos estancieros (gente bien y decente ellos) nunca lo invitaban a las propias: el Tano tenia plata pero era un quemo. Sus maneras poco distinguidas, la falta absoluta de prosapia y abolengo pero (más que nada) su total falta de patricio apellido, hacía inviable la invitación del carnicero a las fiestas de casco de estancia, de esas llenas de personajes vestidos de blanco, con copa de champagne a la mano y sonrisa cínica acorde.
Sin embargo, sus hijas eran realmente bellas. Paulina y Susana eran una morocha y la otra, rubia. Una extrovertida y otra un poco más tímida.
Bellas, llenas de plata, y aunque faltas de apellido sin embargo se acercaron a ellas dos atléticos, jóvenes y apuestos figurones de la alta sociedad autóctona.
Matias Orcóyen y Germán Frers fueron los figurones en cuestión.
Las niñas, jóvenes al fin, no tardaron en caer bajo los efluvios de estos atentos muchachones.
Se conocieron, se rieron, se cortejaron, se comprometieron y con el tiempo se casaron.
Increíble o no, en pleno siglo XX el Tano Aciel tuvo que pagar dote por sus dos bellas hijas a los Frers y los Orcoyen. Esta montaña de plata que el azorado Tano pagó a estas familias, sirvió para pagar las acuciantes deudas que al momento tenían los Frers y ni hablar los Orcoyen, no se vayan a creer. Eso sí: no le dieron ni las gracias.
Sus maridos las llevaron a vivir a New York, para fundar una familia americana y que sus futuros hijos fueran a hablar un inglés nativo. Para el español ya habría tiempo.
Las chicas, sin embargo y pese al desarraigo familiar, fueron relativamente felices.
Aunque tanto vulebú, tanto petipuá, con los años las ahora señoras se hicieron bastante engreídas y asquerosas. No querían que nadie les recuerde que habían sido hijas de un carnicero choricero. Ahora ambas le decían “padre”. O “progenitor”, dependiera del día…
Matias Orcóyen y Germán Frers fueron socios en múltiples negocios relacionados con la historia y el arte. Rematadores, bah.
Pero un día esa sociedad se acabó, se pelearon, se fueron cada uno por su propio lado profesional, y terminaron siendo sangrientos competidores.
La mayoría de las familias les llevaban a uno o a otro sus muy distinguidos trastos para que los remataran con la tranquilidad de que sus apellidos no iban a ser dados a conocer y así ocultar la “mishiadura” que generalmente portaban.
Así también (en ventas privadas) se han perdido muchos objetos en realidad pertenecientes a nuestro acervo patriótico cultural…pero ese es otro tema.
Después de todo: no se asegura en círculos selectos que el reloj de Belgrano (aquel del Dr. Redhead) nunca fue en realidad robado, sino más bien millonariamente comercializado? Que nos extraña entonces. Por otro lado, he asistido a cosas peores.
Volviendo al tema.
Trataron de que el Tano Aciel mucho no los visitara en Nueva York.
Por aquello del “quemo”, vió?
Como fuera, la competencia entre estos dos ahora afamados y acaudalados jóvenes llegó a niveles inusuales.
Se habían casado con menos de un año de diferencia y ahora estaban a punto de cumplir las bodas de plata.
Pareciera a propósito que ambos decidieran regalar el mismo objeto a sus esposas. Un objeto selecto, que fuera a poblar las vitrinas familiares de alguno de ellos dos, para así demostrar su altivez, soporte y poderío ante los demás. Y principalmente ante su némesis, claro.
Obviamente debería de ser un objeto que también funcionara como anzuelo para seguir atrayendo negocios.
Por casualidad o no, cada uno por su lado, había decidido que ese objeto fuera nada menos que: el sable de Juan Lavalle. Aquel que atemorizante había reflejado el sol y propiciado la sangre realista en manos del valiente granadero, el preferido de San Martín, brillando e infundiendo respeto y temor cruzando la altiva Cordillera en los gloriosos campos de Achupallas, Chacabuco y Maipú así como también en Pasco, Riobamba y Pichincha.
Un objeto único, legendario. Solo un escalón por debajo del sable corvo.
Nunca extraviado y estando desde siempre en posesión de los Lavalle, ahora este era rematado al mejor postor para así saldar las deudas de la familia y para también mantener la gloria, el loor y el tradicional (y falso) status ante los demás ricachones.
Así que (mediando la excusa de la invitación que el Tano Aciel les había hecho a sus hijas y a sus yernos de pasar la nochebuena en San Isidro), ambos compadres y competidores iban a aprovechar para (ya en Buenos Aires), ver de uno primerear al otro en la adquisición del legendario sable.
Por supuesto, sable había solo uno. Así que entre los empresarios al fin fueron dirimiendo como solo sabían hacerlo: con dinero.
Realizaban apuestas entre ellos dos. Realizaban subastas solo entre ellos dos, solo para ver quién iba a tener el exclusivo derecho a adquirir dicho sable. El perdedor debía comportarse como caballero, retirarse la puja y resignarse a comprar algún otro objeto también muy importante pero seguramente no tan impactante.
Ernestino Aciel (ya hacía unos años retirado) entendió que encima que él se llevaba mal con sus hijas (y con sus yernos) esa insana tensión que se estaba desarrollando en esa casa no iba a ayudar a la paz familiar. Iban a empezar a pelearse entre los dos yernos, luego entre las dos hijas, y todo se iba a transformar en un caos familiar aún mayor.
El nivel de confrontación, ya abarcaba hasta niveles de agresión verbal preocupantes. Eso no era el espíritu de familia que él le había fomentado a las pequeñas y (seguro) su amada esposa no hubiera estado para nada feliz con ello…
El 24 entonces el orgulloso y convincente padre recibe a sus hijas y a sus yernos en su hermoso caserón de San Isidro (el Tano no permitía que nadie lo llamara “mansión”, aunque el adjetivo le hubiera cuadrado perfecto), y -la verdad sea dicha- una vez que el hielo se rompió tanto el Tano como sus hijas y los esposos de ellas, la pasaron realmente bien.
No faltó la comilona, ni el buen vino, ni algunos chistes de dudoso gusto. Frers y Orcoyen no pudieron menos que sucumbir y reírse ante la pícara elocuencia del Tano, mientras sus hijas por supuesto se espantaban falsamente ocultando así sus ganas de reirse
El Tano (hay que decirlo) logró que sus yernos se amigaran y fueran nuevamente lo que siempre habían sido: hermanos.
Una vez llegada la medianoche, pasados los brindis y el panettone, el tano Aciel insistió por todos los medios en que pasaran el 25 (día de Navidad) también con ellos.
De verdad los hombres no estaban muy convencidos: sabían que el 26 tenían la reunión con los Lavalle y que iba a ganar el que más fresquito estuviera y primero se presentara. Había que prepararse a conciencia…
Pero con los rojos y llenos de lágrimas, el Tano les insistió y les insistió, las palabras emotivas afloraron de sus labios invocando incluso su edad avanzada y la posibilidad de no verlos más y que ese fuera su último día de Navidad…
Tanta fue la emoción del momento que sus hijas y sus yernos terminaron por aceptar en convite pero previniendo que se iban a retirar a sus casas temprano en la tarde
Así fue entonces y al otro día por la mañana ambas familias estaban levantadas, desayunando liviano: sabían que el Tano al mediodía iba a hacer asado, así que había que dejar en las panzas lugar libre para no explotar…
Les llamó la atención que el Tano no se hubiera levantado, pero la chica que lo ayudaba con el orden y la limpieza diarios, les informó que debido a la diversión de la noche anterior, “El señor se encontraba agotado y va a levantarse más tarde aprovechando unas pocas horas mas de sueño reparador…”
Así fue, al mediodía el Tano apareció caminando por el parque, los saludó desde lejos y comenzó a preparar el fueguito del asado (claro) con kilos y kilos de carne súper seleccionada, para mimar a su familia.
Comieron a las 3 de la tarde, el par de horas posterior transcurrió con más anécdotas y risas, y llegó el momento emotivo de despedirse hasta la próxima… Al día siguiente, el 26 por la noche, ambas familias partirían con destino Nueva York…
El 26 de diciembre de 1954, Matias Orcóyen se levantó tarde bastante tarde, el vino de estos últimos dos días había hecho mella y lo relajó tanto que no pudo despertarse antes. Cuando vio que eran las 11 de la mañana, saltó disparado de la cama se vistió a las corridas y salió con su auto directamente con destino a la Mansión Lavalle (Potosí 258 de la vieja numeración).
Al llegar al portón Lavalle tipo 2 de la tarde, tomó con decisión la aldaba de bronce que simbólicamente semejaba la garra de un cóndor, y la golpeó con una fuerza suficiente como para espabilar a medio barrio.
Un poco alterado lo atendió el ya anciano Juan Lavalle Shuts, estaba vendiendo todos los enseres de su glorioso ancestro ya que deseaba instalarse definitivamente en EEUU, ya que su deseo era que sus viejos huesos descansaran en el cementerio de Maryland.
Matías Orcoyen le dijo entonces que estaba ahí para cerrar definitivamente la operación del sable de Juan Lavalle.
Luego de observarlo curiosamente (y después de unos segundos que parecieron eternos), el insigne descendiente del intrépido y malogrado general le pidió disculpas al tiempo que le confesaba que esa operación ya se había definido…
Matias Orcoyen, demostrando mucha bronca y casi al borde del pataleo de nene consentido, le dijo (nervioso pero más al aire que al viejo):
-“Seguro que este fue el traidor y aprovechado de Germán Frers!!…”-
El viejo Lavalle Shuts lo observó aún más extrañado que hacía un momento y le dijo, casi divertido:
-“No caballero, ese señor Frers que usted dice vino hoy también a primera hora de la mañana!…e igualmente se retiró con las manos vacías”-
-” Cómo….?”- exclamó un muy confundido Orcoyen…
-“Si, la operación fue cerrada ayer en horas de la mañana con un muy simpático caballero de nombre Ernestino Corbo Aciel. El sable está en muy buenas manos, sin dudas. Un señor que encima muy amablemente me invitó hoy por la noche a degustar un suculento (así dijo él) asado…cuando se retirara su familia. Caballeros así, le aseguro, no hay más”-
Así es que hoy, si van al Museo Nacional (y piden acceder a la añeja ficha de donación del sable), en el espacio destinado a la profesión del donante, podrá observarse – muy gorda y orgullosa-, la letra del Tano Aciel:
Choricero.
Con los meses, y ya pasadas las broncas de los yernos, todos no pudieron más que reírse sin parar de la nueva pero ya gloriosa anécdota. Y ser una gran familia.
El Tano? Bueno, siguió vacacionando 11 años más en San Clemente siempre munido de sus eternas ojotas y embadurnado (ridículamente) con Rayito de Sol…
Pd: la anécdota relatada aquí arriba (antes que pregunten) es absolutamente real.
Autor: Flavio Rodriguez
Fuente: Historias Mínimas de Amor (Facebook)
