Homilía del Domingo 29 de Marzo. Padre Marcelo Barrionuevo
Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor – 2026
La Pasión en el mundo de hoy
Hermanos, hoy comenzamos la Semana Santa, los días más intensos y profundos de nuestra fe. Son jornadas de recogimiento, de oración y de contemplación, en las que volvemos el corazón a los últimos momentos de la vida de Jesús: su Pasión, su muerte y su gloriosa resurrección.
Pero cada Semana Santa no ocurre en el vacío. Siempre la vivimos en un contexto concreto, en medio de la historia que nos toca. ¿Cómo llegamos a esta Semana Santa 2026? Llegamos atravesados por tensiones y dolores: guerras que hieren a pueblos enteros, conflictos sociales que golpean a los más vulnerables, avances tecnológicos que transforman vertiginosamente la vida humana, situaciones que interpelan profundamente la dignidad de la persona, y también el sufrimiento cercano, como el de nuestros hermanos afectados por inundaciones, que no deben quedar en el olvido.
Todo esto entra con nosotros en esta Semana Santa. No lo dejamos afuera. Lo traemos al corazón de la fe.
Y en medio de este mundo real, concreto, herido, la Iglesia nos hace una invitación clara: “Vengan, salgamos al encuentro de Cristo”. Cristo viene. Cristo entra hoy en Jerusalén. Cristo se acerca también hoy a nuestra vida, y lo hace libremente, decidido a entregarse por amor.
Jesús viene desde Betania, rodeado de discípulos y de gente que ha visto sus signos, como la resurrección de Lázaro. Recorre el camino hacia Jerusalén, y al acercarse al monte de los Olivos, acepta ser recibido con alegría. La gente lo aclama, lo reconoce como Rey. Pero Él no entra con poder ni con violencia. Elige un asno, signo de humildad y de paz.
Ese gesto lo dice todo.
Jesús es Rey, pero no como los reyes del mundo. No domina, no impone, no aplasta. Su realeza es la del amor que se entrega, la del servicio, la de la mansedumbre. Y esa entrada humilde es ya el anuncio de la Pasión.
La entrada de Jesús en Jerusalén no es un gesto aislado: es la irrupción consciente de Dios en el drama de la historia humana.
Jesús no evita el conflicto histórico, lo asume. Entra en la ciudad santa sabiendo que allí convergen poder político, religión institucional, tensiones sociales y expectativas mesiánicas. No huye de ese entramado: lo atraviesa.
La aclamación popular revela una constante histórica: la ambigüedad del corazón humano. La misma historia que aclama puede condenar. La historia humana es inestable porque está herida.
Sin embargo, Cristo introduce un principio nuevo: no responde al poder con poder, sino con entrega. Su entrada humilde inaugura otra lógica histórica.
Hoy también nuestra historia —marcada por conflictos, incertidumbre y aceleración— es el lugar donde Dios sigue entrando.
La pregunta no es si Dios actúa en la historia, sino si nosotros reconocemos su paso.
Hoy también, en este 2026, Cristo vuelve a pasar por nuestra vida y nos invita a decidirnos. Nos llama a retomar con firmeza el camino de ser sus discípulos. Un camino que no está libre de dificultades, de pruebas, de cruces. Pero es un camino que sabemos hacia dónde conduce: hacia la vida plena, hacia la victoria de la resurrección.
Por eso, la Semana Santa no puede reducirse a un tiempo superficial o meramente cultural. No es turismo religioso. Es una oportunidad para detenernos, para mirarnos por dentro, y preguntarnos con sinceridad: ¿qué lugar ocupa Cristo en mi vida?
Pero también esta semana ilumina nuestra vida social. Porque el mundo nos muestra con claridad que no estamos bien entre nosotros. Hay divisiones profundas, violencias abiertas o silenciosas, injusticias que claman al cielo. Y frente a esto, la Pasión de Cristo se levanta como una luz.
Nos enseña que no hay paz sin sacrificio. Que no hay reconciliación sin renuncia al orgullo. Que no hay verdadera convivencia sin aprender a dominar la violencia que llevamos dentro. La paz —como decía San Agustín— es la tranquilidad en el orden. Y ese orden comienza en el corazón del hombre reconciliado con Dios.
Por eso, esta Semana Santa es también un llamado concreto: volver a Dios, acercarnos a la confesión, buscar la reconciliación con nuestros hermanos, sanar vínculos, dejar atrás resentimientos.
Hoy acompañamos a Jesús con ramos en las manos. Pero no olvidemos: esos ramos nos comprometen. Nos comprometen a seguirlo no solo en la entrada triunfal, sino también en el camino de la cruz.
Pidamos la gracia de vivir estos días con profundidad, con fe verdadera, con un corazón abierto.
Que esta Semana Santa sea para todos nosotros un tiempo de conversión, de encuentro y de esperanza.
Amén.
