El ser humano ha estado siempre impulsado por la necesidad de saber. La curiosidad, motor del conocimiento, se ha convertido en los tiempos actuales en una práctica constante, casi compulsiva. Con la tecnología al alcance de la mano y las redes sociales funcionando en tiempo real, la información dejó de ser un acontecimiento ocasional para transformarse en un hábito cotidiano.
Hoy se observan generaciones enteras atentas de manera permanente a sus teléfonos, en busca de novedades: noticias, modas, tendencias o cualquier información inesperada que irrumpe sin pausa. En ese contexto, la necesidad de estar informado se vuelve, para muchos, un verdadero vicio.
El poder persistente de los grandes medios
Durante años se afirmó que los grandes medios de comunicación perderían influencia frente al avance de las redes sociales. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario. Los grandes multimedios fueron los primeros en advertir el poder de estas plataformas y se adaptaron a ellas con estructuras profesionales y recursos económicos.
La televisión, pese a haber cedido parte de su audiencia joven a las pantallas más pequeñas, continúa ocupando un lugar central. No ha desaparecido ni ha sido abandonada por completo, sino que convive con los nuevos formatos.
Más allá de las preferencias entre medios tradicionales o digitales, lo cierto es que siguen siendo actores centrales en la construcción de la agenda pública. Los poderes políticos, a su vez, se sirven de ellos para amplificar intereses, instalar temas o, directamente, silenciarlos.
Operaciones políticas y construcción de agenda
Las denominadas “operaciones políticas” continúan vigentes y fueron visibles, por ejemplo, en las últimas elecciones en Argentina. Redes sociales y medios periodísticos funcionan como herramientas para influir en la opinión pública.
Existen medios alineados con vertientes ideológicas o políticas que amplifican o silencian temas según convenga a quienes los financian o conducen. Este fenómeno no se limita al ámbito local: se repite en distintos países y también ha tenido derivaciones judiciales.
En la Argentina actual se observan con claridad dos mecanismos opuestos: el silencio absoluto sobre determinados temas y la insistente amplificación de otros, con el objetivo de generar una reacción social que facilite, a corto o mediano plazo, la aceptación de una salida o solución previamente diseñada.
Caso 1: El silencio en torno a Cristina Fernández
Uno de los ejemplos más notorios es el silencio informativo en torno a Cristina Fernández de Kirchner. La ciudadanía tenía un reporte diario desde su ingreso al sanatorio Otamendi por un problema de salud, pero luego de la detención de Maduro, prácticamente no hubo más información sobre su evolución, su alta médica ni su paradero posterior, incluso. Ningún medio cubrió la vuelta a San José 1111, o si ya se encuentra recuperada. Nada de nada. Es raro, ¿no?
¿Le soltaron la mano los propios? ¿Lo pidió ella? Algunos dijeron que su estrecha vinculación con el dictador venezolano detenido hizo que se decidiera por no postear como tiene acostumbrados a todos. Ni siquiera sobre su salud.
Lo que sí llama la atención es que ni la prensa militante, ni menos la prensa que es atacada por CFK hayan publicado nada hace más de 2 semanas, casi.
Se especula con un acuerdo de los medios. Pero ¿en base a qué? Por dinero o intereses políticos, todo es posible. Lo cierto es que la maquinaria pone y saca de la agenda periodística a quien quiere, incluso a Cristina.
Sí, cuando el silencio es absoluto, algunos analistas plantean que el silencio se transforma en un mensaje en sí mismo.
Caso 2: La instalación de la “supergripe H3N2”
En el extremo opuesto, por ejemplo, se encuentra la instalación mediática de la denominada “supergripe”. Este caso remite a experiencias previas, como la pandemia de Coronavirus, donde una acción coordinada entre gobiernos y medios generó un clima de miedo general y casi psicosis colectiva, logrando que millones obedecieran las directivas de organismos supranacionales sobre qué hacer (y no hacer) con sus vidas y libertades.
Actualmente, la cobertura insiste semana tras semana en la llegada de la cepa, los casos detectados, las provincias afectadas y las internaciones, con conteo de casos incluso. El método es conocido y responde a una lógica de repetición sostenida. Que lógico, genera temor en la gente.
Según el planteo que sostienen analistas, el objetivo no sería un nuevo encierro, sino la generación de la necesidad de una solución estatal: la compra de una vacuna. La industria farmacéutica, como cualquier otra, persigue ganancias, y la instalación del temor facilita la compra oficial, como ya pasó.
Como primer antecedente, además, claro, de las compras de Sputnik y los “heroicos” viajes a Rusia, está el de la Gripe A en tiempos del segundo gobierno de Cristina, justamente, y la adquisición de 8 millones de dosis de Tamiflú, de las cuales solo un millón y medio de ellas fué utilizada. Un pingüe negocio para quien vendió el medicamento, venta que no requirió publicidad ni campañas médicas tradicionales, ni visitadores médicos, ni muestras gratis, sino únicamente la instalación de la necesidad.
El interrogante final
La pregunta que queda abierta es si el gobierno volverá a comprar una nueva vacuna especial para esta variante antes del invierno. La respuesta permitirá evaluar si la operación periodística en curso alcanzó su objetivo, independientemente que por lo que se vé en Europa la Supergripe H2N2 no es más grave ni mortífera que la gripe común…
Silencio o saturación informativa: dos caras de un mismo sistema
Estos dos ejemplos son sólo una muestra (el lector podrá encontrar muchos más) de manipulación informativa al servicio de un objetivo, que como sabemos ya normalmente es político o económico.
El silencio total sobre un tema antes omnipresente y la cobertura constante de otro. Ambos casos muestran mecanismos clásicos de construcción de agenda.
La ética periodística queda relegada, por supuesto, en algún cajón de un escritorio de los multimedios, mientras la información se convierte en una herramienta al servicio de intereses que exceden al derecho a estar informados.
El bien común ciudadano y la moral pública están ausentes en estos maquiavélicos sistemas. Por eso, no siempre creas lo que escuchas o leés porque no todo es lo que parece…
