La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) mantiene desde hace décadas una postura firme y consistente frente a determinadas agendas políticas contemporáneas, en particular aquellas que promueven el aborto y la llamada “ideología de género”. Para el magisterio católico, estas corrientes representan una ruptura con principios esenciales vinculados a la dignidad de la persona humana, el orden natural y la protección de los más vulnerables.
La defensa de la vida como eje irrenunciable
Uno de los pilares centrales de la DSI es la defensa de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En este marco, el aborto es considerado una grave violación de la dignidad humana y un atentado directo contra los miembros más indefensos de la sociedad. El Catecismo de la Iglesia Católica califica al aborto provocado como un “crimen abominable” y moralmente inaceptable, estableciendo así una prioridad absoluta en la acción social y pastoral de la Iglesia.
La defensa de la vida no es presentada como una cuestión secundaria o negociable, sino como un principio estructural que orienta el posicionamiento ético y político de los fieles. Documentos recientes, homilías y pronunciamientos episcopales de 2025 y 2026 reiteran que los católicos no deben apoyar activamente propuestas legislativas ni candidatos que promuevan el aborto como un derecho.
El rechazo a la ideología de género
Otro punto de fuerte tensión entre la Iglesia y la socialdemocracia contemporánea es la llamada ideología de género o wokismo. Estas teorías buscan eliminar o relativizar las diferencias sexuales naturales entre varón y mujer, y más, promocionan la promiscuidad sexual, imponiendo sanciones a aquellos que la critican (ya ocurre en Canadá y otros países), lo que para la Iglesia implica un vaciamiento antropológico que afecta el desarrollo integral de la persona y las relaciones humanas. Y una degradación moral de la sociedad.
El Vaticano ha criticado especialmente la imposición de estas corrientes en los sistemas educativos, calificándolas como una forma de colonización ideológica de niños y adolescentes, y lo vimos en Argentina también. En foros internacionales, como las Naciones Unidas, la Santa Sede reiteró en 2026 que no negocia su postura en este tema, al considerar que dichas políticas terminan perjudicando especialmente a mujeres y niñas.
Documentos como Dignitas Infinita (2024) y pronunciamientos posteriores advierten que la ideología de género “borra la humanidad” al negar la complementariedad sexual y la realidad biológica, entrando en conflicto directo con la antropología cristiana.
Coincidencias y rupturas con la socialdemocracia
La relación entre la Iglesia Católica y la socialdemocracia no es lineal. Existen coincidencias claras en aspectos como la justicia social, la solidaridad, la opción preferencial por los pobres, si. Sin embargo, la ruptura se vuelve profunda en el terreno de la ética de la vida, la familia y la sociedad.
Mientras muchas corrientes socialdemócratas priorizan los derechos sexuales y reproductivos y la identidad de género como “libertades” civiles fundamentales, la Iglesia denuncia estas agendas como parte de una “cultura de la muerte”, que separa la sexualidad de su dimensión reproductiva y natural. En este sentido, el debate no es meramente político, sino antropológico y moral.
El voto católico y los principios no negociables
La Iglesia no prohíbe formalmente votar a una corriente política específica, aunque históricamente condenó al comunismo por su carácter ateo y anticristiano. Sin embargo, establece directrices morales claras que orientan el discernimiento de los fieles a la hora de votar.
Según la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, existen valores considerados “no negociables”. Entre ellos se destacan la defensa de la vida humana y la protección de la estructura natural de la familia. Apoyar a candidatos que promuevan activamente el aborto o la ideología de género es incompatible con la fe cristiana.
La Iglesia insiste en la responsabilidad personal del voto y en la coherencia entre la fe y la acción pública. Separar las convicciones religiosas de las decisiones políticas, cuando estas afectan derechos humanos básicos como la vida del no nacido, no es considerado moralmente aceptable. Y para los católicos es un pecado.
Pronunciamientos papales y continuidad doctrinal
La postura de los Papas refuerza esta línea doctrinal. Pío XI condenó el comunismo en 1937 como “intrínsecamente perverso”, y en 1949 el Santo Oficio decretó la excomunión de quienes apoyaran doctrinas comunistas. Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, afirmó que no es lícito votar leyes favorables al aborto. Más recientemente, el papa Francisco ha calificado la ideología de género como una “colonización ideológica” y un “camino nefasto”.
Occidente, crisis cultural y reacción
En las últimas décadas, especialmente en Europa, la Iglesia observa una profunda degradación moral y una ingeniería social que ha erosionado los valores cristianos que sostuvieron a Occidente durante siglos. La caída de los índices de natalidad, el envejecimiento poblacional, el cierre de escuelas y la venta de iglesias son señalados como síntomas visibles de esta crisis.
A ello se suma el debilitamiento de la institución familiar, el avance del individualismo y el aumento de los índices de suicidio producto de él, con niveles superiores a épocas de guerra. En este contexto, la llegada masiva de inmigrantes musulmanes, facilitada por políticas de apertura indiscriminada, muchos indocumentados, es vista como un factor adicional de tensión cultural y social. La integración cultural que ocurre con inmigrantes de Hispanoamérica, por poner un ejemplo, no ocurre con los creyentes en el Islam, que, aunque huyen de sociedades gobernadas por esa ideología, quieren imponer sus costumbres y leyes en las sociedades que los cobijan, lo vemos en Europa en varios países, tristemente.
Frente a este escenario, también, varias naciones europeas comienzan a reaccionar, buscando volver a sus raíces cristianas y a una cultura de la vida, olvidadas e incluso combatidas, como vimos. Y hoy, además, la defensa de la identidad europea perdida por acción propia de políticas de Estado impuestas desde foros internacionales como la Unión Europea que, como Caballo de Troya, ha impuesto acciones que destruyen a sus países asociados.
La Iglesia, en todo el mundo democrático, llama a los fieles a votar con coherencia, recordando los valores que forjaron sus sociedades, no solo en Europa sino también en América y especialmente en Hispanoamérica, que ya sufre parte de los estragos de la ideología impuesta desde estos mismos organismos, como la ONU, también cooptada por estas ideas, con descenso de la natalidad, aborto, leyes progénero y relajamiento de los valores morales y éticos de la fé católica que heredaron con la Hispanidad.
La geopolítica y nuestra responsabilidad para producir el cambio
El mundo sufre cambios profundos, producto de la geopolítica que se moldea por intereses ideológicos, políticos y económicos; recuperar la razón, la fe y los principios que dieron forma a la civilización occidental es imperioso. Rechazando aquellas políticas que, desde la perspectiva católica, promuevan una cultura de la muerte en lugar de la dignidad de la vida humana.
En un contexto marcado por la proximidad de un nuevo ciclo electoral presidencial, en Argentina, la sociedad está llamada a reflexionar con seriedad sobre el impacto de sus decisiones. Porque el voto no es un acto neutro: puede convertirse en un instrumento para promover soluciones que protejan la dignidad humana o, por el contrario, en un aval directo de prácticas que la Iglesia considera moralmente inaceptables, como el aborto o la eutanasia.
Antes de que sea tarde, y desde una responsabilidad tanto social como religiosa, se plantea el desafío de rechazar en las urnas aquellas políticas que consolidan una cultura de la muerte. Y son los ciudadanos responsables morales de las consecuencias de su voto.
En su lugar, la Doctrina Social de la Iglesia propone impulsar con el voto leyes que defiendan la vida, fortalezcan la familia, promuevan el trabajo digno y encarnen una auténtica justicia social, tal como enseña el mensaje de Cristo. La DSI (Doctrina Social de la Iglesia) los explica, aunque muchas veces son relegados u olvidados, incluso por dirigentes que se declaran católicos.
La reflexión ciudadana sobre estos temas resulta clave para el crecimiento moral y social de las naciones. Los cristianos, mucho más. Estamos a tiempo.
