La grieta política argentina parece haber alcanzado incluso a los ámbitos culturales más tradicionales. El reconocido cantor popular Oscar “Chaqueño” Palavecino fue expulsado de la Asociación Federal de Raíces Criollas luego de haber compartido escenario con el presidente Javier Milei durante un acto realizado en el marco del Festival Nacional de la Doma y el Folklore de Jesús María.
La decisión, adoptada por la conducción de la entidad, generó una fuerte controversia en el mundo del folklore y reavivó el debate sobre los límites entre el arte, la identidad cultural y la política partidaria.
Una sanción que encendió la polémica
Según informó la propia Asociación, la participación del Chaqueño junto al Presidente fue considerada “imperdonable” y “totalmente incompatible con la esencia criolla” que la institución afirma defender desde su fundación. Para la dirigencia de la entidad, no se trató de una simple foto ni de un gesto aislado, sino de una acción que contradice los principios del movimiento criollo, al que definen como ligado a la memoria de los pueblos y no a alineamientos políticos coyunturales.
La sanción se conoció pocos días después del evento y sorprendió tanto a seguidores del artista como a referentes del ámbito cultural, que no recordaban antecedentes recientes de una expulsión de semejante magnitud por motivos ideológicos.
Arte, política y una vieja discusión
La medida reabrió una pregunta recurrente: ¿hasta dónde llega la libertad del artista y dónde comienzan las exigencias de las instituciones que dicen representarlo? ¿Debe un músico popular ajustar su conducta pública a los valores políticos de una asociación o conserva plena autonomía para expresarse y participar de actos públicos?
El debate no es nuevo. Durante años, especialmente en etapas anteriores de la vida política argentina, numerosos festivales folklóricos —muchos de ellos financiados con fondos públicos— contaron con la presencia activa de funcionarios, gobernadores y presidentes, sin que ello derivara en sanciones o cuestionamientos similares. Incluso hubo épocas en las que la contratación de artistas parecía responder a afinidades políticas explícitas. Y con jugosos cachets también, que llevaron a no pocos periodistas suponer coimas, hay que decirlo.
Folklore, identidad y libertad
Desde el norte argentino, donde el folklore forma parte de la vida cotidiana y no de una construcción ideológica, muchos ven la expulsión como un gesto desmedido. Para amplios sectores populares, la música folklórica es expresión, memoria y sentimiento, pero también libertad. Libertad para cantar, para opinar y para no pedir permiso a ninguna estructura de poder, sea política o cultural.
El Chaqueño Palavecino, con décadas de trayectoria, construyó su figura desde ese lugar: el cantor que le canta a la tierra, a los gauchos, a los pueblos y a la identidad del norte, sin pedir credenciales partidarias a su público. Su presencia junto a Milei fue interpretada por muchos como un acto personal y no como una adhesión orgánica a un proyecto político.
Acusaciones de doble vara
Uno de los puntos más señalados por los críticos de la expulsión es la aparente doble vara de la Asociación Federal de Raíces Criollas. Mientras hoy se sanciona a un artista por compartir un escenario con un presidente que no responde a cierta línea ideológica, en el pasado no se cuestionaron participaciones similares con gobiernos de otro signo político.
La acusación de hipocresía recorre peñas y redes sociales: lo que antes era considerado “acompañar al pueblo” hoy es leído como “traición cultural”. Para muchos, la sanción no defiende las raíces criollas, sino que las subordina a una lógica de revancha política kirchnerista.
El impacto en el folklore popular
Más allá del caso puntual, la expulsión del Chaqueño abre una discusión más profunda sobre el rumbo del folklore argentino. Cuando una entidad que se define como federal y representativa decide expulsar por motivos ideológicos, el riesgo es convertir a la cultura en un espacio de exclusión, donde se divide entre “correctos” e “incorrectos” según el color político.
En un país atravesado por divisiones profundas, muchos advierten que trasladar esa lógica al folklore implica erosionar aún más uno de los pocos espacios de encuentro que aún conserva la sociedad argentina.
El respaldo del público
En Salta y en gran parte del norte del país, la reacción fue clara: el respaldo popular al Chaqueño Palavecino se mantiene intacto. Para su público, no necesita la validación de ninguna asociación para acreditar su identidad ni su compromiso con la cultura nacional. Su trayectoria, sus canciones y su vínculo con la gente funcionan como aval suficiente. El chaqueño Palavecino, como tantos otros artistas, no necesita de un comisario político para la aprobación de su arte.
