Testimonio en Marcha por la Vida: “No hay nada más hermoso como disfrutar el postre de la vida”
A casi un mes de las Marchas por la Vida en toda la Argentina, el pasado mes de marzo, todavía resuenan los ecos de lo que se vivió en cada rincón de la Patria; y que luego, por redes sociales y algunos medios, se multiplicó. Como lo fue el testimonio de Isabel Woites, madre, abuela y docente jubilada; pero que sigue enseñando desde su ejemplo y testimonio de vida.
Aquí, sus palabras, esa tarde calurosa tucumana, frente a la histórica Casa de la Independencia argentina.
Su testimonio en la Marcha
“Queridos todos aquí presentes;
Ante todo, muchísimas gracias por volver y volver contra viento y marea a manifestarse a favor de la vida.
Soy mamá de 8 hijos más un noveno en el cielo y abuela de 12 nietos que pronto serán 14. Muchos se sorprenden y me preguntan cómo hice con tantos hijos… Hoy por hoy, no hay una huella -por decirlo de algún modo- de todo lo que costó (sin duda fueron tiempos de mucha exigencia), sino que permanece como un sentimiento de dar gracias a Dios por haberme permitido traerlos a la vida.
Lo que si recuerdo con mucha nitidez es que Él estuvo ahí, ¡siempre! Y cuando el agua parecía llegarnos al cuello se hacía ver con su Divina Providencia. Tengo tantas anécdotas emocionantes e increíbles que es imposible contarlas ahora porque debo respetar el tiempo sobre el escenario.

Y la otra pregunta que viene a continuación es: ¿cómo hago con los nietos…? Aquí voy a repetir una frase que siempre decía mi padre quien fue abuelo de 27 nietos y llegó a conocer 31 biznietos (hoy desde el cielo contempla a los 37 y debe estar esperando, tanto como yo, los dos que van a nacer este año… ¡y los que vendrán!). Él decía: ¡Qué lindo, llegaron los nietos! ¡Qué lindo, se fueron los nietos! Ja, ja.
Bromas aparte: No hay nada más hermoso como disfrutar el ”postre de la vida” y empacharse de ellos! No puedo imaginar la casa y la vida sin la alegría que ellos representan. Porque todo niño, además, es esperanza, es ilusión, es romper con la rutina, es no envejecer nunca o mejor aún, es no envejecer solos como vemos que sucede cada vez más y más. La soledad… esa sí que es mala compañía, pero más aún cuando llegamos a ese estado por decisiones propias. Por decisiones equivocadas, ciertamente.


No subí a este escenario para convencerlos del valor de la vida humana pues ustedes están aquí precisamente por ello. Pero si de algo quisiera convencerlos es de que no se desanimen. Pareciera que somos pocos ¿verdad? Sin embargo, los que defendemos la vida, tenemos algo más en común, algo que tristemente es cada vez menos común y que es un tesoro invalorable: ¡a nosotros nos mueve el amor!
Porque sólo el amor es capaz de poner a uno mismo en segundo lugar para acoger una nueva vida, para sacrificarse por ella, para soportarlo todo en bien de los demás. Y vaya si es el gran ausente de nuestra sociedad.
Sembremos amor en nuestro entorno y será tan difusivo como el fuego sobre las hojas secas. Precisamente, los católicos de todo el mundo estamos prontos a celebrar la fiesta máxima de nuestra fe y, seamos o no creyentes, nadie puede negar que hubo un antes y un después en la historia de la humanidad, a partir de que Alguien -¡sí, con mayúsculas! – dio su vida por todos nosotros. Y después de Él, un puñadito de 12, convencidos que el Amor lo puede todo, revolucionaron el mundo. ¿Cómo no podremos nosotros también?
Pero qué hago yo, ciudadano de a pie, ¿cómo doy mi batalla frente a tanto poderío económico adverso, a tanta ceguera y a una aparente perdida batalla legal?

En primer lugar: No quedarme callada. Nuestros hijos y nietos vienen padeciendo desde hace mucho tiempo, un terrible lavaje de cerebro con la implementación de la ESI en las escuelas; algo que fue inundando todo el tejido social. Los han inducido a un ejercicio temprano de la sexualidad como si ahí estuviera la panacea, como si ahí estuviera la felicidad: ¡Qué mentira atroz! ¡Cuánto daño les estamos haciendo!
Entonces claro que con eso estamos fomentando embarazos de niñas y adolescentes con toda la fragilidad y vulnerabilidad que eso significa. Y claro que estamos dándoles letra y argumentos a quienes pretenden convencerlos que matar a su hijo es la solución a su problema.
Pero no menos grave es esa mentalidad anti vida que tanto ha calado en nuestro modo de pensar -no hemos caído también nosotros sin darnos cuenta quizás? – que ya no se ve al hijo como un don, como un regalo, como el fruto más preciado y esperado del amor entre un hombre y una mujer sino como un problema.
Como madres, como abuelas, como mujeres, no podemos dejar que se acalle en nuestras hijas y nietas esa vocación que le es propia, que es intrínseca a nuestra naturaleza, que nos plenifica como ninguna otra y que es la maternidad. Una vida, – ¡un hijo! -, nunca debería ser considerado como un estorbo o un problema. Si ese hijo es fruto del amor, bien sabremos encontrar no sólo una, sino mil formas de conciliar esa maravillosa vocación con nuestra realización profesional sin relegarla al segundo…y hasta al último lugar.

Hagamos frente a esas imposiciones inhumanas que están secando nuestras vidas y las de nuestros hijos y nietos y nos están empujando a un futuro de vacío y soledad. ¡No nos quedemos calladas! Y callados… porque también es tarea y responsabilidad de los hombres.
¡No dejemos que nos arrebaten el ser femenino!
¡No dejemos que se maten más niños! ¡Hay tantos dispuestos y deseando adoptarlos!
¡No dejemos que se mate el amor! ¡Acojamos, defendamos y promovamos la vida! ¡No estamos solos!
Autora: Isabel Woites de Berarducci
