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Home/Ciencia/De ballenas gordas y altas jirafas
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De ballenas gordas y altas jirafas

By elcristianodiario@gmail.com
17/06/2026 4 Min Read
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Un reciente artículo de Infobae sobre el supuesto «secreto evolutivo» que permitió a la ballena azul alcanzar el mayor tamaño del planeta presenta una «hipótesis científica» que incurre en un problema frecuente de la divulgación contemporánea: transforma una cadena de inferencias muy discutibles en una narrativa que se presenta al lector revestida de certeza.

La tesis expuesta en el artículo es sencilla: durante el Mioceno tardío, la actividad volcánica andina habría enriquecido los océanos con nutrientes, incrementando la productividad biológica y generando las condiciones para que algunos cetáceos evolucionaran hacia tamaños gigantescos. Sin embargo, una lectura medianamente lógica obliga a preguntarse: ¿qué es exactamente lo que demuestra la evidencia y qué es lo que simplemente se supone?

El artículo presupone que las grandes ballenas aparecieron después de esos cambios ambientales. Sin embargo, el registro fósil de los cetáceos está lejos de ser completo. Lo que los fósiles permiten afirmar es que los ejemplares gigantes conocidos aparecen en determinados estratos geológicos; pero de ello no se sigue necesariamente que antes no hayan existido cetáceos de gran tamaño. La ausencia de fósiles no constituye una demostración de ausencia histórica.

La paleontología trabaja con restos fragmentarios de organismos que vivieron durante millones de años. Convertir esa evidencia —necesariamente incompleta o ínfima— en una narrativa histórica cerrada es avanzar hacia una conclusión que merece ser objetada.

El alimento no explica el gigantismo

Supongamos, por un momento, que la hipótesis geológica es correcta. Aun así, permanece sin responder la pregunta fundamental: ¿cómo se transforma una mayor disponibilidad de alimento en organismos gigantes?

La abundancia de recursos puede ser una condición favorable, pero no constituye por sí misma una explicación causal. Un océano con más nutrientes no produce automáticamente ballenas más grandes. Entre ambos fenómenos existe una cadena de puros supuestos:

  • La existencia previa de variaciones genéticas adecuadas.
  • La heredabilidad de esas variaciones.
  • Las ventajas reproductivas asociadas.
  • La acumulación progresiva durante millones de años.
  • La ausencia de restricciones fisiológicas que impidan el crecimiento.

Cada uno de estos pasos requiere una justificación propia; una justificación que no está, no aparece y es inexistente.

El problema de la variación genética invisible

Los defensores de la explicación evolutiva suelen responder que las poblaciones ancestrales poseían variaciones genéticas sobre las cuales actuó la selección natural. Pero aquí surge una dificultad evidente: no existe un solo fósil (repito: no existe ni un fósil) que muestre directamente dichas variaciones. Tampoco se dispone de ADN recuperado de aquellos cetáceos remotos que permita identificar los genes responsables del gigantismo actual de las ballenas.

La existencia de tales variaciones se conjetura, se especula o se supone. Es decir, sostiene una considerable carga falaz. La divulgación científica suele omitir esta distinción fundamental entre la evidencia observada y la interpretación.

El evolucionismo no evoluciona

La historia propuesta por el artículo sigue una estructura habitual: primero no había gigantes, luego aumentaron los nutrientes y después aparecieron los gigantes.

Ya en 1829, Lamarck —autor de Philosophie zoologique y considerado el primer biólogo en proponer una teoría de la evolución organizada— sostenía que la evolución es un hecho universal que afecta a todas las formas de vida, y que las distintas especies habrían aparecido por la adaptación de los seres vivos a las condiciones del ambiente. Al ver una jirafa, la señaló triunfante como la prueba irrefutable de su teoría: las patas y el cuello del animal se habían estirado durante generaciones para permitirle alcanzar la copa de los árboles y alimentarse de sus hojas. Poco importó a Lamarck que las jirafas pasen mucho más tiempo pastando que arrancando hojas de las alturas. Existe aquí un desprecio por las evidencias, signo de una pasión ideológica y de una ausencia de honestidad intelectual2.

El orden de la realidad

Más allá del caso particular de las ballenas y las jirafas, el artículo refleja una tendencia cultural más amplia: se intenta explicar fenómenos extraordinarios recurriendo exclusivamente a combinaciones de factores materiales y procesos ciegos.

Sin embargo, cuanto más avanza el conocimiento científico, más evidente resulta la presencia de estructuras racionales, matemáticas y extraordinariamente ordenadas en la naturaleza. La física revela leyes precisas; la química exhibe regularidades elegantes; la biología muestra sistemas de complejidad asombrosa y la astronomía descubre un cosmos gobernado por relaciones matemáticas inteligibles.

La cuestión filosófica inevitable es si semejante racionalidad constituye simplemente un hecho bruto o si apunta hacia una inteligencia fundante. No se trata de introducir a Dios para llenar vacíos científicos; se trata de reconocer que la inteligibilidad misma de la realidad exige una explicación inteligente y no un relato.

El orden no es una ilusión. La racionalidad del universo no es una construcción humana; por el contrario, la inteligencia humana puede conocer la realidad precisamente porque esta posee una estructura racional previa a nuestro conocimiento.

La hipótesis que vincula volcanes andinos y ballenas gigantes puede resultar interesante para una sesgada divulgación científica que no termina de desembarazarse de cuestiones ideológicas, pero está lejos de constituir una demostración concluyente. Presentarla como la explicación definitiva del gigantismo de los cetáceos supone atribuir a la evidencia más de lo que realmente permite afirmar. La investigación que comenta el artículo pasa de datos observables a inferencias, y luego de estas a afirmaciones presentadas como certezas, contradiciendo principios epistemológicos básicos.

La verdadera actitud científica exige distinguir cuidadosamente entre observación, inferencia e interpretación. Y cuando esa distinción se respeta, el misterio fundamental permanece abierto: no solo cómo llegaron a existir las ballenas gigantes, sino por qué el universo entero posee un orden inteligible tan profundo, real y mistérico.

Autor: Pablo Berarducci

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