La política argentina de la mediocridad, la locura y la pequeñez
Culmina la semana y, mientras la Selección Argentina continúa dando lecciones dentro y fuera de la cancha —de humildad, trabajo en equipo, liderazgo y sentido de pertenencia—, buena parte de la dirigencia política parece empeñada en recorrer el camino exactamente contrario. Donde el equipo de Lionel Scaloni construye unidad, la política profundiza divisiones. Donde los jugadores piensan en el conjunto, muchos dirigentes sólo parecen concentrados en su propia supervivencia.
La distancia entre una Argentina que emociona y otra que decepciona nunca había sido tan evidente.
Una dirigencia cada vez más alejada de la sociedad
Hace tiempo que la política parece haberse encerrado en un microclima propio, desconectado de las preocupaciones cotidianas de millones de argentinos. La inflación, el trabajo, la inseguridad o la pobreza ocupan el centro de la vida de la sociedad, mientras gran parte de la dirigencia continúa atrapada en internas, disputas personales y estrategias electorales.
La llegada de Javier Milei despertó en muchos ciudadanos la esperanza de que ese círculo pudiera romperse. Su discurso antisistema prometía terminar con los privilegios de la vieja política y recuperar una relación más directa con el electorado.
Sin embargo, los últimos acontecimientos demuestran que el cambio cultural prometido también encuentra sus límites.
El denominado “caso Adorni” expuso una contradicción difícil de explicar para un gobierno que hizo de la transparencia una de sus principales banderas. La decisión de sostener políticamente a uno de los funcionarios más cuestionados abrió interrogantes incluso entre votantes oficialistas que esperaban otra actitud frente a situaciones de desgaste institucional, que ya lleva casi 4 meses.
Cuando la defensa de una persona comienza a afectar la credibilidad de un proyecto político entero, la discusión deja de ser individual para convertirse en un problema de gobierno.
El peronismo exhibe sus peores heridas
Si el oficialismo enfrenta dificultades, la oposición tampoco ofrece una imagen mejor.
La sesión del Senado bonaerense mostró con crudeza el estado actual del peronismo. Sergio Berni y Mario Ishii protagonizaron un enfrentamiento público con la vicegobernadora Verónica Magario que dejó al descubierto una interna cada vez más difícil de ocultar.
Los reproches fueron mucho más allá de cuestiones parlamentarias.
Berni cuestionó la conducción política de Axel Kicillof y reclamó un alineamiento absoluto con Cristina Fernández de Kirchner. Ishii, por su parte, llevó carpetas con fotografías de hospitales deteriorados y comedores populares para denunciar la situación social de la provincia y exigir la declaración de emergencias sanitarias y alimentarias.
La escena en el recinto resultó simbólica: mientras los dirigentes discutían entre sí, ninguno acompañó siquiera la posibilidad de debatir esos proyectos.
La fractura entre el kirchnerismo tradicional y el sector alineado con Kicillof parece profundizarse semana tras semana. Máximo Kirchner consolida su liderazgo interno mientras el gobernador bonaerense pierde respaldo político incluso dentro de su propio espacio.
Aquel Frente de Todos que en 2019 prometía “volver mejores” hoy aparece atravesado por desconfianzas, disputas de poder y una creciente dificultad para construir un proyecto común.
El PRO también atraviesa su propia crisis
Las tensiones tampoco son patrimonio exclusivo del peronismo.
El PRO vivió esta semana una ruptura de fuerte contenido simbólico tras la desafiliación de Esteban Bullrich, una de las figuras con mayor autoridad moral dentro del espacio.
Su decisión fue acompañada por una explicación contundente: permanecer en el partido significaba aceptar silencios y decisiones con las que ya no se sentía representado. La defensa política de Manuel Adorni terminó siendo, según expresó, el punto de quiebre definitivo.
La respuesta llegó rápidamente desde el entorno de Mauricio Macri. Fernando De Andreis rechazó las críticas y recordó que el bloque de senadores del PRO había impulsado iniciativas parlamentarias vinculadas al caso, aunque evitando —según explicó— prestarse al “show político” del kirchnerismo.
Más allá del intercambio, quedó expuesta una discusión mucho más profunda.
Dentro del PRO conviven quienes impulsan una alianza cada vez más estrecha con La Libertad Avanza y quienes consideran que ese acercamiento implica resignar valores fundacionales del partido.
El caso Adorni terminó funcionando como un catalizador de esas diferencias.
Un sistema político que parece haber perdido el rumbo
Mientras oficialismo y oposición consumen energías en sus propias disputas, los argentinos siguen esperando respuestas.
El radicalismo continúa sin definir su identidad, desdibujado hace años ya, por su giro a la izquierda, y con Lousteau usando el sello para su proyecto propio. Un partido dividido entre reconstruir Juntos por el Cambio o explorar nuevas alternativas políticas. Los gobernadores observan con cautela, intentando preservar poder territorial mientras el escenario nacional cambia aceleradamente.
El Gobierno, por su parte, tampoco logra escapar completamente de esa lógica.
La insistencia presidencial en defender a funcionarios cuestionados, incluso cuando el costo político comienza a superar cualquier beneficio, genera tensiones crecientes dentro del propio oficialismo. Patricia Bullrich aparece prácticamente como la única dirigente que admite públicamente errores estratégicos, siempre mirando de costado su proyecto político personal, mientras otros sectores optan por cerrar filas.
La consecuencia es evidente: la política vuelve a hablar de sí misma cuando la sociedad espera que hable de los argentinos.
La otra Argentina
Existe, sin embargo, otra forma de ejercer el liderazgo.
La Selección Argentina la muestra cada vez que sale a la cancha. Allí nadie busca protagonismos individuales por encima del grupo. Cada jugador entiende que el éxito colectivo vale mucho más que cualquier reconocimiento personal.
Ese ejemplo trasciende el deporte.
Tal vez la política argentina necesite mirar menos los sondeos y más los vestuarios. Menos las internas partidarias y más el compromiso silencioso de quienes entienden que representar a un país implica servir antes que servirse.
Hasta que eso ocurra, seguirá existiendo una Argentina que emociona cada vez que juega al fútbol y otra que, desde la política, continúa decepcionando a millones de ciudadanos.
La sociedad ya avisó en las elecciones que una mayoría desea transparencia y honestidad, y que el que las hace, las pague. La vara está alta, y el gobierno es doblemente exigido por esa bandera que levantó como suya.
En el Mundial, seamos o no campeones, la Argentina ya ganó, y sigue dando lecciones de fútbol y ética. La política, una vez finalizado el Mundial, deberá cambiar la estrategia si no quiere ser abucheada en la cancha por todos los argentinos, a la hora de emitir el voto.
