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Home/Historia/Las lecciones que la Scaloneta grabó en nuestra historia para siempre
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Las lecciones que la Scaloneta grabó en nuestra historia para siempre

By elcristianodiario@gmail.com
20/07/2026 4 Min Read
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Hay partidos que se ganan en el marcador y hay batallas espirituales que se ganan para siempre en el corazón de un pueblo.

El paso de la Selección Argentina por la Copa del Mundo 2026 nos ha dejado un balance que excede por completo la táctica de un campo de juego o la frialdad de un resultado. Lo que este grupo de hombres nos regaló fue una cátedra de resiliencia humana, un espejo de unidad en tiempos de fragmentación y, por encima de todo, un acto de soberanía cultural que caló hasta los huesos de la patria.

La primera gran enseñanza de este plantel fue su inquebrantable fortaleza colectiva. En un torneo donde las papas quemaron más de una vez y los resultados adversos obligaron a remar contracorriente, el grupo no se resquebrajó; se blindó. No vimos individualidades salvadoras, sino una amistad real y genuina puesta al servicio de un objetivo común. Esos abrazos, ese protegerse el uno al otro dentro y fuera de la cancha, se transformaron en un mensaje silencioso pero atronador para una sociedad argentina necesitada de unión: la verdadera fuerza nace de la comunidad.

Pero el punto de inflexión, el día en que el fútbol se fusionó con la memoria histórica de nuestro suelo, ocurrió en las semifinales contra el equipo de Inglaterra.

El clima previo estaba cargado de un magnetismo político inevitable; el rival era el país que mantiene ocupadas nuestras Islas Malvinas, uno de los últimos bastiones coloniales del planeta, ignorando sistemáticamente las resoluciones de la ONU para negociar su salida diplomática para su devolución.

En medio de ese torbellino, emergió la figura de Lionel Scaloni. Con una templanza admirable y la prudencia de los sabios, el entrenador bajó los decibeles mediáticos con una frase de trinchera: “Es un partido de fútbol”.

Scaloni no esquivó la historia, la protegió. Desinfló la provocación externa (y no precisamente de los ingleses, lejanos en su mayoría al conflicto de hace 4 décadas) para concentrar el fuego sagrado donde correspondía: en el césped.

El partido fue una “guerra deportiva” durísima, quizás la más difícil del ciclo. No solo se jugaba el pase a la final; se jugaba el sentimiento patrio que late en el pecho de cada argentino.

Los jugadores dieron batalla como leones, corriendo también por los que ya no están y por los que nunca olvidan. Y el pueblo lo vio. El triunfo deportivo fue inmenso, pero el verdadero corolario, el que todavía no alcanzamos a dimensionar en toda su escala global, llegó después del pitazo final.

Cuando la adrenalina bajó, los jugadores transformaron el campo de juego en un altar de la memoria argentina. Bajaron a la cancha un sentimiento que es una verdad incuestionable: Las Malvinas son argentinas. Ese despliegue de soberanía y orgullo no pasó desapercibido. Su eco cruzó el Atlántico, sacudió las estructuras británicas y llegó a las páginas de diarios internacionales, incluso a ingleses, como The Guardian, instalando la necesidad imperiosa de que el mensaje de los futbolistas se transforme en un llamado definitivo a la negociación, cuestionando puertas adentro la ocupación del archipiélago argentino.

Fue, en definitiva, el acto “diplomático” más efectivo de la Argentina por Malvinas en los últimos 40 años. Por los que cayeron defendiendo la soberanía, y por los que siguen esperando su recuperación. En paz, mostrándolo a los miles de hinchas argentinos que seguía allí, con lágrimas en los ojos, ya no sólo por el triunfo en la cancha. Y los millones que lo mirábamos por la tele. Un “trapo” con cuatro palabras que resumen una verdad: “Las Malvinas son argentinas”.

Al final del camino, tras una final heroica frente a España, el destino deportivo nos privó de la copa, pero la gloria ya estaba sellada.

La Scaloneta nos dejó valores, coherencia y acciones. Nos enseñó a mantener la bandera en alto incluso en la derrota, a abrazar la Fe con gratitud (siempre cobijados por el manto protector de la Virgen de Luján) y a entender que el éxito verdadero es el legado que se deja para las próximas generaciones.

Este grupo de hombres hizo de la hermandad su mayor fortaleza, como aquellos que dieron batalla en las islas. Nos devolvieron la mística de creer en el compañero, nos abrazaron con nuestra propia historia y nos demostraron que la Patria es, ante todo, ¡un lazo que nos une!

En el escudo de la AFA no grabamos una estrella más, ¡sino a las Islas Malvinas, que ya nunca más serán olvidadas en nuestro bendito suelo!

¡Gracias, muchachos! Gracias Lionel Messi por todo tu ejemplo como jugador y como persona fuera de la cancha. Que Dios y la Virgen los bendigan por habernos recordado quiénes somos cuando los argentinos caminamos juntos.

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