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Home/Historia/Día de la Escarapela: la visión de Belgrano que ayudó a construir la identidad argentina
HistoriaSociedad

Día de la Escarapela: la visión de Belgrano que ayudó a construir la identidad argentina

By elcristianodiario@gmail.com
18/05/2026 5 Min Read
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Un símbolo nacido de la necesidad y del patriotismo

Un 18 de mayo hace 214 años, en medio de guerras, incertidumbres y tensiones políticas, nacía uno de los símbolos más queridos por los argentinos: la escarapela celeste y blanca. Detrás de esa decisión estuvo la visión práctica, patriótica y profundamente revolucionaria de Manuel Belgrano, quien entendió antes que muchos la necesidad de que los hombres de la naciente patria tuvieran identidad propia en el campo de batalla.

La iniciativa surgió de una experiencia concreta. Durante la campaña al Paraguay, entre 1810 y 1811, Belgrano observó que sus tropas combatían con uniformes muy similares y sin distintivos claros, lo que generaba confusión entre aliados y enemigos.

Aquel abogado formado en las universidades de Salamanca y Valladolid, que muchas veces admitía con humildad que sus conocimientos militares eran limitados, comprendió algo esencial: un ejército sin símbolos comunes difícilmente podía consolidar una nación.

Rosario, las baterías y el pedido al Triunvirato

En enero de 1812, el gobierno revolucionario envió a Belgrano a la villa del Rosario para fortalecer la defensa del río Paraná frente a posibles incursiones españolas provenientes de Montevideo.

Allí ordenó construir dos baterías militares: “Libertad”, ubicada sobre las barrancas cercanas a la actual catedral rosarina, e “Independencia”, emplazada en la isla del Espinillo. La tarea quedó en manos de Ángel Augusto de Monasterio, un español que había adherido a la causa revolucionaria.

Pero mientras organizaba la defensa militar, Belgrano también pensaba en la identidad de sus tropas. El 13 de febrero de 1812 envió una carta al Primer Triunvirato solicitando la creación de una escarapela nacional.

En ella advertía sobre el peligro de la falta de uniformidad:

“Parece que ha llegado el momento en que se deba declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos”.

No era un detalle menor. En plena guerra, confundirse de bando podía costar vidas.

El pedido fue aceptado y el 18 de febrero de 1812 el gobierno decretó oficialmente el uso de la escarapela celeste y blanca, eliminando además el distintivo rojo que hasta entonces utilizaban algunos cuerpos patriotas.

El misterio de los colores

El origen exacto de los colores de la escarapela sigue siendo motivo de debate histórico. Algunas versiones sostienen que representan el cielo argentino; otras, que derivan de los colores de la Casa de Borbón española. La más seria señala que eligió esos colores por los colores del manto de la Virgen, de quien era un ferviente devoto.

También existen teorías que vinculan el celeste y blanco con los distintivos usados por los regimientos criollos durante las invasiones inglesas, o con las cintas repartidas por Domingo French y Antonio Beruti en mayo de 1810 (que también se cree usaron los colores de los Borbones, en apoyo a Fernando VII y contra la Junta de Sevilla).

Sea cual fuere su origen exacto, o una inteligente combinación de razones para elegirlos por Belgrano, aquellos colores terminaron convirtiéndose en parte inseparable de la identidad nacional.

La bandera que el gobierno quiso ocultar

El entusiasmo de Belgrano no terminó con la escarapela. Poco después decidió avanzar un paso más y mandar confeccionar una bandera con los mismos colores.

“Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca”, explicaría más tarde.

Pero allí comenzaron los problemas políticos.

El Primer Triunvirato todavía mantenía formalmente fidelidad al rey Fernando VII y evitaba provocar abiertamente a España, especialmente porque Gran Bretaña —aliada circunstancial— observaba con atención los movimientos revolucionarios del Río de la Plata.

Por eso, cuando Belgrano izó por primera vez la bandera en Rosario, el gobierno reaccionó con preocupación. Bernardino Rivadavia le ordenó disimular el hecho y guardar la enseña.

Sin embargo, la respuesta nunca llegó a tiempo. Belgrano ya había partido hacia el norte para hacerse cargo del Ejército del Norte.

El 25 de mayo de 1812 hizo bendecir la bandera en Jujuy, acompañado por el sacerdote Juan Ignacio Gorriti.

El tiempo terminó dándole la razón

Los acontecimientos políticos cambiarían rápidamente. En octubre de 1812 cayó el Primer Triunvirato y asumió el Segundo Triunvirato, mucho más decidido a avanzar hacia la independencia.

Entonces Belgrano encontró finalmente respaldo para sus ideas. A orillas del río Pasaje hizo jurar la bandera a sus tropas, motivo por el cual ese río pasaría a llamarse Juramento.

Años después, la Asamblea del Año XIII oficializaría la escarapela, el escudo y el himno patrio como símbolos nacionales.

El legado de un hombre imprescindible

Manuel Belgrano no fue solamente el creador de la bandera. Ya en 1794, tras formarse en España, fue secretario de Comercio, fomentando la agricultura, la industria y la navegación, creó las escuelas de Nautica y de Matemáticas. Fue además periodista propulsando las ideas que llevarían a la libertad, Durante las invasiones inglesas fue nombrado Capitán de las milicias urbanas, defendiendo la ciudad de Buenos Aires. Y fue, además, vocal de la Primera Junta de la Revolución, en Mayo de 1810.

Durante toda su vida Belgrano fue un hombre profundamente comprometido con la educación, la austeridad y la construcción de una patria independiente, fundada en los valores católicos que conservó en todas las posiciones administrativas y luego militares, en donde además, puso a su tropa al amparo de la Virgen. Cabe mencionar la Batalla de Tucumán, la más importante y decisiva de la independencia argentina, en donde la Virgen de la Merced recibió el bastón de mando de Belgrano y fue declarada Generala del Ejército.

Belgrano donó parte de su sueldo, entregó libros a la Biblioteca Pública impulsada por Mariano Moreno y puso siempre el interés colectivo por encima de las ambiciones personales. Manuel Belgrano falleció el 20 de junio de 1820 en Buenos Aires. Su donación de los 40.000 pesos,  entregados por la Asamblea del Año XIII por sus victorias en las batallas de Tucumán y Salta, tardó más de un siglo en concretarse, inaugurándose finalmente gran parte del edificio de “La Escuela de la Patria”, en Tucumán, en el año 1998.

La Escarapela como símbolo de todos

La escarapela nació como un símbolo militar para evitar confusiones en la batalla. Pero terminó convirtiéndose en mucho más: un emblema de unidad nacional.

Y quizás allí esté una de las tantas y más nobles enseñanzas de Belgrano: entender que los pueblos necesitan símbolos, valores y convicciones para consolidarse como Nación. “La celeste y blanca”, los colores de la Virgen, esa que lo acompañó en cada batalla, siguen ondeando en el cielo al que dirigía su mirada, firme, con sus pies bien plantados en la tierra, y en la realidad que lo afligía. Murió en la más absoluta pobreza, pero dejó el más rico legado legado de ejemplo, coraje, inteligencia y fé que siguen inspirando a los argentinos de bien.

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