Él es Maximiliano Kolbe, un fraile franciscano polaco cuyo sacrificio en el campo de concentración de Auschwitz quedó grabado para siempre en la historia como uno de los actos de valentía y desprendimiento más puros jamás registrados.
En julio de 1941, la brutal rutina del campo se vio sacudida cuando un prisionero logró escapar del Bloque 14.
La despiadada regla impuesta por los oficiales nazis para disuadir las fugas era implacable: por cada hombre que escapara, diez prisioneros elegidos al azar morirían de la forma más dolorosa posible en el búnker del hambre.
Karl Fritzsch, el comandante adjunto del campo, comenzó a seleccionar meticulosamente a las víctimas mientras el resto de los prisioneros temblaba de pánico. Entre los elegidos se encontraba Franciszek Gajowniczek, un sargento polaco que, al escuchar su nombre, rompió a llorar desesperadamente gritando por su esposa y sus pequeños hijos, lamentando que jamás volvería a verlos.
Fue en ese instante de terror generalizado cuando el sacerdote Maximiliano Kolbe dio un paso al frente, desafiando directamente toda la autoridad de las SS.
Con una calma sobrenatural, se plantó ante el comandante nazi y le hizo una propuesta inaudita: “Quiero morir en lugar de ese hombre. Soy un sacerdote católico y no tengo esposa ni hijos; mi vida no vale tanto como la de él“.
El oficial nazi, estupefacto ante semejante muestra de osadía y desdén por la muerte, aceptó el intercambio. Kolbe y los otros nueve prisioneros fueron arrojados desnudos a una celda subterránea, sin agua ni comida, diseñada para que se consumieran lentamente en la desesperación.
Lo que debió ser un pozo de llanto y locura se transformó gracias a la piadosa acción del sacerdote.
Durante las siguientes dos semanas, el sacerdote guio a los agonizantes prisioneros en oraciones, rezos y cantos litúrgicos que resonaban con eco en los sombríos pasillos del búnker, consolándolos hasta el último suspiro.
Tras catorce días de absoluta privación, Kolbe era el único que permanecía completamente consciente y con vida.
Desesperados por vaciar la celda, los guardias nazis le administraron una inyección letal de ácido fénico el 14 de agosto de 1941. Maximiliano Kolbe extendió su brazo izquierdo con total serenidad, orando por sus propios verdugos en su último instante de vida.
Su sacrificio no solo salvó a Gajowniczek, quien sobrevivió a la guerra y vivió para contar la historia, sino que encendió una luz eterna de esperanza en medio de la peor tragedia de la humanidad.
Fue canonizado por el papa San Juan Pablo II en 1982, quien lo declaró mártir de la caridad.
San Maximiliano Kolbe, ruega por nosotros.
