Fue presentado el libro “Obras de Religión. Escritos tempranos” del Padre Petit de Murat, en Tucumán
Fue presentado recientemente el libro “Obras de Religión del Padre Petit de Murat. Escritos tempranos (1930-1950)”, en el Centro Cultural Rougés, de San Miguel de Tucumán. La misma estuvo a cargo de Pascual Viejobueno, quien es el compilador del mismo.
A continuación, sus palabras, que son una imperdible síntesis de la vida y la obra del Padre Petit:
“La Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino me ha encomendado que presente este libro del Padre Petit de Murat, recién publicado: los “Escritos tempranos” de Religión, obras que abarcan el periodo de 1930 a 1950.
Agradezco a la Unsta este encargo y debo decir que la publicación del libro representa un acto de estricta justicia; luego explicaré porqué.
También nuestro agradecimiento al Centro Cultural Alberto Rougés por habernos facilitado este espacio.
El año pasado, 2025, la Unsta cumplió 60 años de su reconocimiento oficial. El Padre Petit de Murat fue uno de los fundadores del Instituto que dio origen a esta Universidad, habiendo sido su vice rector y uno de sus profesores más destacados, desde sus inicios hasta su fallecimiento.
Entonces, como merecido homenaje y reconocimiento a esta figura fundacional, la UNSTA decidió editar el pensamiento religioso del fraile, haciéndolo en orden cronológico, desde sus primeros escritos hasta lo último que dejó al fallecer. Este volumen que hoy se presenta es el primero de una colección programada, que esperamos, con la ayuda de Dios, pueda culminarse.
Como en este auditorio, quizás, algún oyente no conozca acerca de la vida del autor del libro que presentamos, daré unos pocos datos biográficos, que estimo necesarios, y luego pasaremos al libro en sí.
Mario Petit de Murat nació en Buenos Aires en 1908, en una familia numerosa, culta, alegre, pero también muy dados a discutir apasionadamente acerca de temas culturales: arte, música, literatura, poesía. Y las discusiones y peleas se extendían también al plano religioso, dado que Mario, desde chico, se manifestó como ateo a pesar de haber sido bautizado y tener una madre muy creyente. Las peleas, en este plano, eran principalmente acerca de la existencia de Dios, con su hermano Ulyses, el cual era un año y medio mayor que Mario; discusiones acaloradas que en ocasiones llegaban hasta las manos, pero luego ambos se reconciliaban y seguían como buenos hermanos.
A los 16 años, Mario, quien tenía una especial aptitud hacia las artes plásticas, comenzó a estudiar dibujo y pintura en la Academia de Bellas Artes, Años después, se dedicó a ilustrar revistas porteñas con sus dibujos. En estos años de adolescencia y primera juventud llevó una vida frívola, ligera, mundana. Tengan esto presente.
En el año 1930, o sea cuando Mario tenía 21 años, toda la familia Petit de Murat contrae tuberculosis, terrible enfermedad que por esa época era de difícil curación. Mueren dos hermanas y el marido de una de ellas. Ulyses y Mario, contagiados, son enviados a La Rioja para procurar una mejoría, debido al clima seco y cálido de esa provincia, puesto que la helioterapia, o sea tomar baños de sol, era un paliativo para la tuberculosis. Es allí, en La Rioja, donde se produce la conversión de Mario, fruto, principalmente de la Gracia de Dios, pero también, probablemente, por el impacto emocional producido por el fallecimiento de tres seres queridos, y al hecho de palpar la muerte de una manera tan cercana, tan próxima. Lo cierto, según fuente segura, es que Mario, a instancias de su hermano Ulyses, fue a una iglesia y conversó con un sacerdote. “Mi entrada a la Iglesia fue por las bienaventuranzas”, dijo Mario en una ocasión.
A partir de esa conversión, y ya repuesto, Mario regresa a Buenos Aires, retoma su trabajo como ilustrador de diarios y revistas, a la par que comienza a formarse en la doctrina cristiana, a leer y meditar las Sagradas Escrituras, los santos Padres, y discernir su vocación. Por esa época, frecuenta mucho la Abadía de San Benito, de calle Villanueva, en Palermo.
En el año 1937, habiendo madurado larga y profundamente su vocación, decide entrar a la Orden dominicana, haciendo su noviciado en el Convento de Buenos Aires. En 1938 es enviado a Francia a cursar estudios eclesiásticos y luego derivado a Salamanca, España.
Estando allí, en el año 1942 renace su dolencia pulmonar y, gravemente enfermo, es repatriado a la Argentina. Es llevado a Unquillo, en Córdoba, donde por ese entonces moraban sus padres y una hermana soltera, pueblo donde permanecerá tres años en reposo y restablecimiento, hasta que, dado de alta, es destinado al Convento dominicano de Tucumán. Acá terminó sus estudios eclesiásticos y fue ordenado sacerdote, en diciembre de 1946. En Tucumán ejerció su ministerio sacerdotal durante 25 años, prodigándose en numerosos retiros, clases, conferencias y predicaciones.
En otro orden, en el de la docencia, Petit fue uno de propulsores y fundadores de la Unsta, de la cual fue Vice rector y profesor, como dije, habiendo enseñado allí durante largos años: Teología, Moral, Psicología y Arte. Además, fray Mario Petit fue quien pronunció la lectio inaugural de esta casa de estudios, disertación titulada “La verdadera Universidad” y quien diseñó el logotipo de la misma. Por eso, sostengo, como lo expresé anteriormente, que la publicación que hace esta Universidad constituye un acto de justicia y reconocimiento hacia quien tuvo tanta gravitación en ella.
También enseñó muchos años en el seminario de Tucumán, formando a los futuros sacerdotes del clero secular.
Promediando la década de 1960, y deseando una vida de mayor recogimiento y unión con Dios, alejada del mundo, pide y obtiene de sus superiores permiso para retirarse al campo, donde pasará los dos últimos años de su vida terrena atendiendo una capilla rural en El Timbó, asistiendo espiritual y sacramentalmente a sus pobladores.
Falleció el 8 de marzo de 1972.
Pasemos ahora al libro que nos convoca: “Escritos tempranos”.
Antes, otra aclaración: Mario Petit escribió siempre con pluma, a mano. No empleó nunca la máquina de escribir. Cuando quería publicar algo, daba su escrito a un dactilógrafo, éste lo pasaba a máquina y de ahí se mandaba a la imprenta.
La mayoría de los trabajos que se presentan en este libro permanecían aún manuscritos; o sea que ésta es la primera edición de gran parte de ellos, salvo los que se indica, en cada caso, dónde y en qué año fueron publicados.
Este primer tomo comprende 35 trabajos de fray Mario y reúne meditaciones, oraciones, soliloquios, reflexiones y ensayos escritos entre 1930 y 1950, siendo los tres primeros fechados en La Rioja en 1930; el cuarto en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, en 1934. A partir de allí hay algunos que no contienen datación de fecha y otros sí, lo cual se consigna particularmente. La mayoría de los trabajos son inéditos, lo cual otorga un mayor interés a este libro; y los pocos que fueron publicados han sido de escasa circulación, lo cual se indica también en cada caso.
El hecho que se haya optado por el orden cronológico, nos permite ver cómo fue evolucionando el pensamiento y el estilo del autor a lo largo de estos años.
Este libro no conforma un tratado ni un manual. Son meditaciones, soliloquios, oraciones y ensayos breves, que el autor va anotando en el decurso del tiempo y en la medida de su crecimiento espiritual. Emplea mayormente un estilo poético, meditativo. Es un libro para reflexionar, para leerlo despaciosamente.
Lo primero que llama la atención al adentrarnos en su lectura es el tono: estamos ante unos escritos de una intensidad mística, muy poco común en la literatura espiritual local. Es la voz de un hombre que clama, que reza, que lucha, que piensa en voz alta sobre su fe.
Estos primeros escritos de fray Mario son como el germen de toda su obra posterior. Teología hecha carne, con un lenguaje poético y una profunda mirada sobre el alma humana.
La primera de estas meditaciones, en el tiempo, fechada en La Rioja en 1930, la titula “Imploración en la angustia”. Cuando aquí habla de angustia no lo hace como si fuera una patología, sino como el estado donde el hombre se encuentra con su límite y con Dios. Este escrito y “Oración del despertar”, son oraciones de una intensidad dramática: su alma se reconoce miserable, se describe casi como un cadáver frente a su vida pasada, clamando por una misericordia que la levante.
Es la confesión de un hombre que, despertando a la fe, lucha, gime, pidiendo al Altísimo ser rescatado.
A esa angustia inicial sigue el tema de la esperanza. En sus textos: “En la esperanza” y “De la esperanza más cierta que un presente”, habla de una certeza que no se basa en sus propias fuerzas, sino en la fidelidad de Dios y hacia Dios: la promesa de ser rescatado del propio naufragio. Se advierte un paso típico del proceso de conversión: del temor a la confianza, sin que ello signifique que desaparezca la lucha interior. La esperanza, en estos momentos del autor, aparece como una piedra basal sobre la cual el alma puede apoyarse y descansar.
En otro texto, titulado: “De las bestias y aves que comen en el hombre cuando éste peca”, nos dice que el pecado no es sólo culpa moral, es una desintegración. Describe cómo las pasiones devoran al hombre desde dentro. Esto tiene gran actualidad: habla de culpa, soberbia, envidia, con un lenguaje que más que literatura es análisis del alma.
El libro contiene una breve y hermosa “Oración pidiendo la verdad”, de su autoría. Me pregunto: ¿Rezamos nosotros pidiendo la verdad?
En la reflexión llamada: “Palabras que intentan penetrar en algo la significación del tiempo”, encontramos mayor densidad. Es una meditación filosófica, donde sigue mucho el pensamiento de San Agustín.
En el trabajo: “Meditación sobre el crimen de Caín”, se percibe un gran conocimiento y reflexión sobre el libro del Génesis. En una oportunidad el Padre Petit nos dijo que lo había leído 50 veces. Y no era hipérbole.
En su meditación acerca “Del silencio, ámbito del gozo, y del mucho cuidado que tiene el demonio en destruirlo”, ya algo posterior, denuncia un mundo que ha abandonado el ritmo contemplativo propio de la Iglesia para entregarse al ruido y al culto del dinero. Para Fray Mario el silencio no es vacío ni ausencia; es el espacio donde el alma puede y debe encontrarse con Dios. Y nos advierte, con una imagen fuerte, que ese silencio es lo que el demonio se empeña más en destruir, llenando los días de las personas con ruido y distracción.
Siguen textos como “El burgués” y “Sobre la prensa”, donde encontramos en Petit un agudo observador de la realidad social de su tiempo, de la mentalidad reinante por esos años. En el primero de ellos describe una figura humana que reduce toda su vida a la búsqueda de comodidad, dejando de lado el sentido heroico de la existencia. En el segundo cuestiona el poder de los medios masivos para formar la opinión pública, dudando que cualquier persona esté capacitada para orientar el juicio de las multitudes. Son páginas de sorprendente actualidad.
La devoción mariana aparece en el trabajo “Algunas palabras sobre la grandeza de la Santísima Virgen”, con un lenguaje poético y afectivo. María es mostrada como modelo de humildad y también como la Madre a quien el alma recurre en sus horas más oscuras; Ella, la Virgen, ya aparecía invocada en esas primerísimas oraciones del año 1930.
Hasta acá son trabajos que por el tipo de letra y por estar en un mismo cuaderno, estimamos escritos entre 1934 y 1942.
Luego llegamos a un texto que tiene fecha cierta: “Un episodio inédito o la consolación de las Escrituras”, publicado en revista “Ideales”, Órgano de los estudiantes dominicos de San Esteban, Salamanca, abril – junio 1942. Es la primera publicación de una obra de Fray Mario, pero de reducida circulación; acá, en Argentina, desconocido.
He aquí un ejemplar de esta revista.
A continuación, están los “Soliloquios de Navidad”, que conforman un tríptico compuesto por: “En Buenos Aires”, “El Pesebre” y “Tres llamamientos”; son textos muy pensados, trabajados y pulidos durante años y publicados en revista El Rosario, del convento de Tucumán, donde Petit publicó otros trabajos que, por la lejanía en el tiempo y la poca divulgación de esa revista son ahora prácticamente desconocidos.
Contiene este libro también dos textos sobre el matrimonio cristiano: “El matrimonio profanado por el mundo” y “El matrimonio y las razones de su indisolubilidad”. El primero, anterior en el tiempo, es como una denuncia: nos pinta cómo el mundo banaliza y degrada este Sacramento. El segundo, de años después, tiene un tono distinto: es el resumen de una serie de conferencias dictadas a universitarios; una explicación ordenada y argumentada de las razones teológicas de la indisolubilidad matrimonial. Leídos juntos, ambos, son un ejemplo claro de la maduración y evolución del pensamiento y estilo del autor.
Luego siguen artículos que, mayormente, están fechados y que fueron redactados por el Padre luego de su ordenación sacerdotal. Fray Petit se ordenó en Tucumán, como dije, y al poco tiempo propició la aparición de una revista, llamada “El Rosario”, de la cual salieron 11 números, desde octubre de 1946 hasta octubre de 1947, y en los cuales se publicaron dibujos y artículos de fray Mario.
Los trabajos aparecidos en esa revista, son: “Díptico de la Inmaculada Concepción y san Juan”; Soliloquios de Navidad”; “Mortificación y felicidad”, que es un trabajo a propósito de la cuaresma; “Respuestas a un libelo ateo”, un largo artículo de apologética, donde refuta a un panfleto anti católico; “Díptico de santo Domingo de Guzmán y santa Rosa de Lima”, dos santos dominicos cuyas fiestas se celebran en el mes de agosto, mostrando modelos de virtud, encarnados en historias de vida. “San Francisco de Asís” y “Batalla de Lepanto”; todos ellos de desigual extensión, pero sustanciosos, medulares.
En atención al tiempo transcurrido y a que estos trabajos son ahora muy poco conocidos, se los reproduce en este libro que hoy se presenta.
Otros de los títulos que cierran este libro son: “Notas sobre la vida religiosa” y “El sacerdocio del hombre”, donde el autor reflexiona sobre el sentido del Sacrificio, acerca de un sacerdocio que, expresa él, no pertenece solamente el clérigo sino a todo hombre llamado a la perfección. Son páginas que anticipan el estilo y las preocupaciones de sus obras teológicas posteriores, las que integrarán los próximos volúmenes de esta colección, como está proyectado.
Y así llegamos al año 1950, donde culmina este primer volumen.
En resumen, este libro muestra con claridad el derrotero espiritual recorrido por el autor en el transcurso de veinte años. En los primeros escritos, de 1930, encontramos una prosa mística, exclamativa, cargada de imágenes de angustia y de luz, de esperanza. Es la escritura propia de una conversión en carne viva, vivenciando el examen de conciencia de quien así se confiesa.
Hacia los años 40, en plena formación y luego sacerdocio, los textos comienzan a manifestar otro orden y estilo: aparecen ensayos, soliloquios, y meditaciones con estructura y argumentos claros. Finalmente, hacia 1950, en la madurez tucumana, el lenguaje se torna sobrio, preciso, esencial.
Esta evolución no marca un detalle menor; es uno de los grandes valores documentales del libro. No estamos solamente en la presencia de la vida espiritual de un hombre de Dios, sino que vemos, en el decurso de su pensamiento, cómo va cambiando su manera de nombrar esa vida a lo largo de los años.
Termino con una pregunta: ¿Por qué leer este libro?
Respondo:
1°) porque documenta, en primera persona, el proceso real de una conversión religiosa del siglo XX, en Argentina.
2°) porque ofrece una visión espiritual sobre temas que siguen totalmente vigentes: la esperanza, el silencio, la familia, el poder de los medios. Y
3°) nos permite conocer, en su fuente genuina, el pensamiento temprano de una de las figuras fundadoras de la Unsta, quizá la más señera y significante.
Muchas gracias por vuestra atención”.

“Un santo, un sabio y un artista”. Así lo definió Pascual Viejobueno, al final de su presentación, al gran dominico.
Hoy tenemos la oportunidad de leer parte de su excepcional obra en un libro imperdible que la UNSTA ha editado, y se puede adquirir en la Editorial UNSTA, que se encuentra en la calle 9 de Julio 191 (junto a la iglesia de Santo Domingo) en San Miguel de Tucumán.
