La decisión de la Cámara Federal de Tucumán de impedir una nueva candidatura de Sergio Pagani al rectorado de la Universidad Nacional de Tucumán no sólo representa un fallo jurídico. Es, sobre todo, un límite institucional y moral a una práctica que desde hace años erosiona el prestigio de la universidad pública: la perpetuación en el poder.
Durante meses, gran parte de la comunidad universitaria asistió silenciosamente a una contradicción difícil de justificar. El propio Pagani había declarado públicamente que no podía aspirar a otro mandato porque el Estatuto era claro respecto del límite de reelecciones consecutivas. Incluso habló de alternancia y renovación institucional como valores saludables para la universidad. Sin embargo, tiempo después terminó presentándose igualmente, contradiciendo no sólo la letra estatutaria, sino también su propia palabra.
Y allí radica quizás el aspecto más preocupante de todo este episodio: cuando quienes conducen una universidad dejan de respetar incluso sus propias declaraciones públicas, lo que se deteriora no es sólo una candidatura, sino la confianza institucional.
La resolución judicial devuelve algo de aire a la llamada “Universidad de Terán”, aquella concebida por Juan B. Terán como un espacio de excelencia académica, pensamiento libre y ética pública.
Porque muchos auténticos docentes —los que enseñan, investigan y sostienen la universidad lejos de los aparatos políticos— sienten desde hace tiempo que la UNT fue convirtiéndose en un territorio dominado por intereses sectoriales, estructuras partidarias y negocios poco transparentes, incluso. Porque el fantasma del ex rector Juan Alberto Cerisola sigue presente. Su condena judicial por hechos de corrupción vinculados a los desmanejos de fondos recibidos desde el YMAD para obras en la UNT dejó una herida institucional enorme.
La Cámara Federal, al poner un freno, no hizo política: hizo cumplir un principio elemental de cualquier sistema republicano, incluso universitario: el respeto a la ley. Además enseñó al alumnado, con su fallo, que en la vida (y en la universidad también) no se debe saltar las normas. La universidad pública tucumana todavía está a tiempo de recuperar el prestigio perdido.
