Los “juramentos” en el Congreso y la democracia cambalache de Argentina
El acto de juramento de diputados y senadores debería ser uno de los momentos más solemnes de la vida democrática argentina. Sin embargo, lo que se vio recientemente en el Congreso fue un bochorno que dejó atónitos a ciudadanos de todas las posiciones políticas.
Lo que debía ser un rito constitucional terminó siendo un circo improvisado, otro capítulo en la larga decadencia institucional que el país viene arrastrando.
La jura no es un trámite accesorio. Es el instante en que un legislador asume formalmente su función y declara, de manera pública, su voluntad de respetar la Constitución.
El artículo 67 de la Constitución no deja margen para interpretaciones:
“Los senadores y diputados prestarán, en el acto de su incorporación, juramento de desempeñar debidamente el cargo, y de obrar en todo en conformidad a lo que prescribe esta Constitución”.
Durante décadas existió una fórmula tradicional, clara y respetuosa, que cada legislador podía adaptar mínimamente según su fe, pero siempre conservando la esencia del compromiso:
“Juro ante Dios, nuestro Señor, y estos Santos Evangelios, desempeñar con lealtad y honestidad el cargo de Diputado/a, y observar y hacer observar con fidelidad la Constitución de la Nación Argentina. Si yo no lo hiciere, que Dios y la Patria me lo demanden”.
Cabe señalar que en el Reglamento de la H. Cámara establece en su artículo 10 cuatro fórmulas para adecuarse a la voluntad de los diputados: 1º, juramento de desempeñar fielmente el cargo (simple); 2º, por Dios, la Patria y los Santos Evangelios; 3º por Dios y la Patria; y 4º, por la Patria.
Pero lo vivido en este último acto de jura fue, lisa y llanamente, una violación flagrante de ese reglamento de parte de muchos que allí juraron.
¿Juramentos válidos o tribunas partidarias?
Lo que se escuchó en el recinto no fueron fórmulas de compromiso constitucional, sino discursos militantes, proclamas ideológicas y consignas internacionales. Legisladores que jamás mencionaron la Constitución, que omitieron toda referencia a la Patria y que parecían aprovechar la jura como si fuera un micrófono abierto militante.
El caso de Nicolás del Caño se convirtió en el símbolo del despropósito. Su intervención incluyó referencias a Gaza, Trump, Venezuela, trabajadores del mundo y consignas socialistas, pero no un solo compromiso explícito con la Constitución que debía acatar.
Lo que también estuvo ausente, o casi, fue lo más importante: la parte de “…si así no lo hiciere Dios y la Patria me lo demanden”. Mucho dirán que no creen en Dios, okey. Pero pareciera que tampoco creyeron en la Patria, porque en el caso de Del Caño y varios, fue totalmente olvidada.
Para algunos será insignificante. Pero el mensaje es claro: ni Dios ni la Nación parecen representar para ciertos legisladores una autoridad moral capaz de exigirles responsabilidad. Y si la historia reciente muestra algo, es que quienes menos mencionan la palabra “Patria” son muchas veces quienes más la han vulnerado en sus actos.
La “demanda” de la Patria, de la sociedad, si así no lo hicieren, tampoco les importa a muchos que juraron en este nuevo Congreso…
Romina del Plá y el ejemplo de la jura convertida en mítin político
Un caso patético que muestra todo lo que no está bien, atendiendo al Reglamento de la Cámara (que es bueno decirlo, no respetaron muchos, ni hicieron respetar los que conducían la jura), es Romina del Plá: “Por los derechos de los trabajadores contra la reforma laboral; por los jubilados; contra la persecución a los que luchan; por la educación pública, gratuita, científica y laica; por los derechos de las mujeres y las diversidades; por el derecho del pueblo palestino de existir desde el río hasta el mar; porque frente a esta barbarie los trabajadores tenemos que gobernar por el socialismo en Argentina y en el mundo, sí, juro”.
¿Dónde quedó el compromiso con la Constitución? ¿Dónde aparece la Patria reclamando en ese discurso? La respuesta es evidente: en ningún lado.
Un recinto convertido en gallinero
A la deformación de las juras se sumó el clima de hostilidad general. Hubo gritos cruzados, insultos, gestos ofensivos, acusaciones y hasta comentarios captados por micrófonos abiertos por parte del personaje que dirigía semejante cambalache sobre algunas de las diputadas, dieron la pincelada final para algo que nunca más en la historia de nuestra Patria Argentina debe ocurrir.
La política del rating y la cultura del cambalache
El ambiente político argentino lleva años deslizándose hacia la política-espectáculo. Muchos legisladores parecen competir por protagonizar el momento más escandaloso, sabiendo que las cámaras de televisión premian el alboroto con minutos de pantalla.
La ausencia de educación cívica, la falta de respeto por las formas republicanas y la disolución de las normas mínimas de convivencia institucional agravan la crisis social. La ciudadanía está harta. Lo dicen las encuestas, las redes sociales y el humor cotidiano: la sociedad no quiere más payasadas, gritos ni vulgaridades. El apego al buen gusto, al respeto e incluso …al reglamento! Es la normalidad a la que sometieron a la ciudadanía. Y nadie hace nada.
Una Nación que alguna vez fue ejemplo
Lo ocurrido en esta jura no es un hecho aislado. Es otra de las miles de señales de una Argentina que viene perdiendo, día tras día, su sentido de urbanidad, su cultura del respeto y la convivencia, aquello que alguna vez la distinguió en la región.
El tango Cambalache parecía exagerado cuando Discépolo lo escribió. Hoy es un diagnóstico preciso.
Hora de detener la caída
El país necesita, con urgencia, lo repetimos, recuperar la cordura democrática.
Volver al respeto, a la decencia y al sentido del deber.
La violencia verbal, el espectáculo grotesco y la mediocridad política ya dañaron demasiado a la Argentina. Es por esto, también, que la calidad de la vida social se ha degradado.
La jura reciente quedará en la memoria como un símbolo de lo que no debe repetirse.
Restaurar las formas republicanas no es una cuestión menor: es el primer paso para reconstruir la credibilidad de una Nación que, aunque golpeada, aún tiene posibilidades de recuperar su dignidad institucional. La cultura de los valores que nos legaron nuestros mayores.
Es hora que paremos con esto. De todos depende.
