El reciente artículo de Javier Milei, “Adam Smith: el padre de la economía” (Clarín, 5-4-2026), presenta una defensa enfática —y por momentos celebratoria— del autor escocés como el gran precursor del crecimiento moderno. Milei sitúa a Smith como el «Newton de la economía política», destacando su visión sobre la división del trabajo y los rendimientos crecientes como motores de la prosperidad.
Sin embargo, esta lectura, aunque rescata aspectos técnicos reales, incurre en simplificaciones que omiten las profundas tensiones entre el mercado y la justicia sustantiva. Resulta necesario, a nuestro entender, contrastar el sistema smithiano con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), la economía moderna y la evidencia histórica para señalar los puntos ciegos de esta interpretación.
El fundamento ético: ¿Es la justicia un simple intercambio?
La tesis central de Smith, revitalizada por Milei, sugiere que el interés propio en un mercado libre conduce necesariamente al bienestar general. Desde la filosofía cristiana, este planteamiento es problemático: identifica el orden del mercado con el orden moral, reduciendo la justicia a la mera ausencia de coerción.
El precio justo: Para la tradición tomista, la justicia no emana automáticamente de un acuerdo de precios; requiere criterios objetivos basados en el bien común y la dignidad humana.
El consenso previo: Como señaló el Cardenal Ratzinger, las reglas económicas solo funcionan si existe un consenso moral previo que las sustente. Sin este marco, el individuo subordina los bienes al egoísmo, abriendo la puerta a abusos históricos.
El trabajo no es mercancía: Ya desde la Rerum Novarum, la Iglesia advirtió que el salario no puede quedar librado solo a la «libre concurrencia», pues el trabajo humano posee una dimensión moral que trasciende lo mercantil.
Libertad formal vs. libertad real
Milei elogia la coordinación del mercado, pero ignora las asimetrías de poder e información que la economía moderna identifica como fallas estructurales.
Capacidades reales: Amartya Sen ha demostrado que la libertad no es solo la capacidad formal de elegir, sino la posibilidad real de los sujetos para desarrollarse.
Información y valor: Joseph Stiglitz subraya que las asimetrías informativas transforman la «libertad» en una condición impuesta por la necesidad. Por su parte, Mariana Mazzucato cuestiona que el mercado no siempre distingue entre actividades que crean valor y aquellas que simplemente lo extraen.
El equilibrio de Keynes: El economista británico refutó la idea de un ajuste espontáneo al pleno empleo, señalando que un mercado sin regulación puede estancarse en niveles insuficientes para la paz social.
Los límites históricos: desigualdad y cohesión social
Si bien la Revolución Industrial fue un salto productivo sin precedentes, la historia demuestra que este crecimiento no se distribuye de forma automática.
Acumulación y desigualdad: El capitalismo sin regulación tiende a generar dinámicas de desigualdad extrema, como ha documentado Thomas Piketty.
Fragmentación social: El laissez-faire extremo del siglo XIX derivó en concentraciones de poder económico, precarización laboral y la ruptura del tejido social.
La renta vs. el trabajo: Históricamente, la propiedad absoluta de la tierra y la especulación financiera han puesto la producción al servicio de la rentabilidad del capital antes que de las necesidades humanas.
La debilidad de la ética individualista
El sistema que promueve Milei se apoya en una ética subjetivista donde la justicia queda subordinada al cálculo económico. Al eliminar la trascendencia, la ética se reduce a un balance de costos y retribuciones. Esta visión priva al ser humano de su dimensión comunitaria, convirtiendo la sociabilidad en una simple «oferta» de mercado.
Existe una contradicción insalvable entre el homo clausus (el hombre cerrado en sí mismo) del libertarismo y el ser relacional de la antropología cristiana. Para la DSI, la economía debe servir al hombre, y no al revés.
El mercado es un instrumento valioso, pero insuficiente para organizar la vida social. La exaltación del orden espontáneo de Milei ignora que la libertad requiere condiciones reales y bases morales objetivas. Un orden económico recto debe armonizar eficiencia con equidad, recordando que el destino universal de los bienes y la primacía de la persona son límites que ningún modelo científico debería franquear
La vigencia del debate sobre Smith, lejos de resolverse en su exaltación o rechazo, exige una lectura más compleja: una que reconozca sus aportes, pero también sus límites frente a los desafíos históricos y sociales contemporáneos.
Autor: Pablo Berarducci
