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Padre Mychal Judge: El santo del 9-11

By El Cristiano
11/09/2026 4 Min Read
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El Padre Mychal Judge, OFM, personificó el amor incondicional y el sacrificio supremo, convirtiéndose en un faro de luz en el día más oscuro de la historia moderna. Como fraile franciscano y capellán del Departamento de Bomberos de Nueva York, su vida fue un testimonio vivo de las bienaventuranzas. Su trágico pero heroico fallecimiento lo convirtió en la Víctima 0001 de los atentados del 11 de septiembre.

A 25 años de aquel sacrificio, su memoria sigue viva en los corazones de Nueva York, mientras crece un clamor popular que solicita formalmente su reconocimiento oficial de santidad.

Una vocación tejida entre los pobres

Nació en Brooklyn en 1933, en el seno de una familia de inmigrantes irlandeses. Ingresó a los franciscanos muy joven y eligió una vida de profunda sencillez y cercanía con la gente.

Su vocación católica no se encerró entre los muros de un templo; floreció en el asfalto de Nueva York. Con su característico hábito marrón, caminaba por las calles saludando a las personas sin hogar por su nombre de pila y entregándoles dinero con discreción.

En los años más duros de la crisis del VIH/Sida, cuando el estigma paralizaba a la sociedad, él visitaba los hospitales para confesar y consolar a los enfermos moribundos, ganándose una reputación de pastor incondicional para los más olvidados.

El capellán del uniforme y el coraje

En 1992, su vida encontró un nuevo santuario al ser nombrado capellán del FDNY. Su farsa y su convento de West 31st Street estaban frente a una estación de bomberos, lo que facilitó que se convirtiera en un miembro más de la hermandad.

El Padre Mychal no solo oficiaba misas; pasaba jornadas de 16 horas acompañando a los rescatistas en incendios voraces, consolando a familias devastadas e inyectando un humor luminoso en los momentos de mayor dolor. Para los bomberos, aquel fraile que entendía perfectamente el dolor humano —pues él mismo era un alcohólico en recuperación— se convirtió en su confidente, su protector y su hermano mayor.

El último ascenso al infierno del 9-11

La mañana del 11 de septiembre de 2001, al enterarse del impacto en la Torre Norte, el Padre Mychal no dudó. Se colocó el cuello clerical sobre el traje de bombero y corrió directamente hacia el peligro.

Al entrar al vestíbulo de la torre, el sacerdote se topó con el horror. Mientras la gente evacuaba presurosa, él decidió quedarse y ayudar con los heridos y brindarles apoyo espiritual, mientras rezaba.

Cuando le advirtieron que la situación empeoraba, pronunció palabras que definieron su entrega: “Tengo que ir allá arriba, me necesitan”. Permaneció en el vestíbulo orando en voz alta, ofreciendo la absolución a los rescatistas que subían las escaleras hacia la muerte y administrando los últimos sacramentos a los heridos.

Minutos después, al colapsar la Torre Sur, una lluvia de escombros golpeó mortalmente al amado sacerdote mientras rezaba.

El dolor de una hermandad y un funeral histórico

La imagen de su cuerpo recuperado se convirtió en una de las postales más conmovedoras del desastre: cinco bomberos y socorristas, con los rostros cubiertos de polvo y lágrimas, cargaban al Padre Mychal en vilo, depositándolo en el altar de una iglesia cercana.

Su fallecimiento caló hondo en el Departamento de Bomberos de Nueva York, que ese día perdió a 343 de sus miembros. El Padre Mychal murió como vivió: abriendo camino y acompañando espiritualmente a sus muchachos en la entrada al cielo.

La Misa de su funeral congregó a miles de personas, desde dignatarios políticos de alto nivel hasta los desamparados de la ciudad, muchos, amigos de él. En la homilía, su compañero franciscano el Padre Michael Duffy exclamó palabras que aún resuenan: “Hoy enterramos el cuerpo de Mychal, pero no su espíritu. Enterramos sus manos, pero no el servicio que prestó”.

Un legado de santidad 25 años después

Un cuarto de siglo después de los atentados, el cariñoso apodo del “Santo del 11-S” ha trascendido la devoción popular para transformarse en un movimiento organizado que busca su canonización en la Iglesia Católica. A pesar de los debates institucionales o las complejidades de su biografía, sus defensores y fieles apelan a la vía del ofrecimiento de la vida (oblatio vitae), una vía formalizada por el Vaticano para aquellos que voluntariamente aceptan una muerte segura por amor al prójimo.

Cada año, la histórica Caminata del Recuerdo del Padre Mychal Judge recorre el trayecto de su último viaje hacia las torres, y un nuevo monumento en la Iglesia de San Francisco de Asís custodia su casco de bombero y fragmentos de acero del World Trade Center. 25 años después, su famosa oración sigue inspirando a millones de almas en el mundo entero:

“Señor, tómame a donde quieras que vaya; déjame conocer a quien tú quieras que conozca; dime lo que quieras que diga, y manténme en tu camino”. Fray Mychal, ruega por nosotros.

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